viernes, 28 de octubre de 2022

Los Palillos Chinos

Cuando llego a casa…, respiro, dejo las llaves a la entrada en una jabonera blanca con forma de manos a la que cambie de funcionalidad porque me gusta dar mi propio sentido a los objetos y personas que me rodean. Ellos son lo que yo quiero que sean para mí. 

Un poco de música de los cabarets alemanes de los años 30 cortesía de Master Frank con ese sonido cálido de gramófono antiguo y en seguida a la ducha. No me siento Yo vestido con esta ropa de trabajo…, debo preparar mi cuerpo para la visita de Alicia a WonderLand. 

Botas, pantalones, chaleco y muñequera de cuero negro con dos hebillas, muy de código…  

La calefacción bien fuerte; entreabro la puerta; dejo un sobre dorado en el suelo de la entrada; me siento en mi butaca y enciendo una lámpara detrás de mí; apago el resto de luces, preparo una pequeña alfombra blanca a mis pies y me dejo embriagar por la música. 

Disfruto estos instantes de espera, recogiéndome en mi mente, disfrutando de Alicia, de su pelo, de sus manos, de sus pies, de su mirada, de su olor, del perfume de su bajo vientre… ¡Qué ganas de volver a tenerla a mis pies! 

En el reloj están a punto de dar las 22:00, comienzo a escuchar el sonido de tacones subiendo por la escalera antigua de madera, bajo la música para concentrarme en esa dulce melodía que es su caminar. 

Son exactamente 20 escalones de los antiguos de las "corralas" madrileñas; menciono esto porque son desiguales y nada fácil de subir con tacones de aguja. 

Le di unas instrucciones muy claras para poder entrar en mi casa: zapatos de tacón negros, medias, una gabardina y un juego de palillos chinos…, nada más. Cualquier prenda de más o de menos la haría salir de Wonderland con la misma prisa con la que había entrado.Yo cuidaría de ella, mientras estuviera entre mis manos, no tendría que preocuparse de nada…Vislumbro su silueta a través del hueco de la puerta. Ella sabe qué aunque la puerta está abierta no debe entrar sin mi permiso (eso lo aprendió otra noche en manos de mi fusta).Dos golpes de nudillo en la puerta. 

  • Pasa y cierra la puerta por favor. 

Estaba preciosa, había venido perfecta, me hubiera costado echarla si hubiera desobedecido. 

  • Buenas noches Señor. 
  • Buenas noches Alicia, un placer tenerte aquí conmigo. ¿has traído los palillos como te pedí? 
  • Sí Señor, aquí están. 
  • A tus pies tienes un sobre dorado, es para ti. 

Flexionó sus rodillas, lo recogió, saco la tarjeta que leyó atenta; cuando terminó, me miro a los ojos y se dirigió muy despacio hacia mí. Yo aproveche para subir un poco la música. Se situó en la alfombra blanca apenas a 50 cm de mí; podría tocarla si hubiera querido, creo que ella lo deseaba, pero quería mirarla, que notara como me metía dentro de su interior y buceaba en sus deseos. 

Le hice un gesto con mi cabeza, cuando empezó a sonar "Lili Marlene" de la voz de Marlene Dietrich… Ella se quitó la gabardina de golpe y la dejo caer al suelo. No pude evitar sino suspirar y una sonrisa cómplice brotó de mí. 

Me entrego los palillos y siguió las instrucciones del sobre dorado: fue a la cocina recogió la bandeja donde había un plato de sushi, una botella de agua y un consolador. 

Se puso a 4 patas en horizontal delante de mí y yo coloque la bandeja en su espalda. Llevé los dedos de mi mano izquierda a la comisura de su boca, acariciándola hasta que Alicia comenzó a lamer y chupar mis dedos al sentirlos dentro de su boca; lentamente los saque y empecé a acariciar su sexo y separar sus labios… ¡Qué satisfacción comprobar que estaba excitada! Ahora ya podía cenar tranquilo comiendo el sushi con los palillos chinos que amablemente me había traído Alicia… 

P.D.: Lo que paso después ya es otra historia que sólo a dos atañe. 


viernes, 21 de octubre de 2022

El primer castigo

Tenía orden de no usar bragas más que durante mi menstruación. Y así lo había hecho, hasta ese día...

Era invierno y, como siempre suele suceder aquí, soplaba un viento constante. Yo llevaba mi collar puesto, oculto bajo el cuello de mi jersey. Me gustaba llevarlo, me  sentía absurdamente abrigada (en más de un sentido) al llevarlo. Sentía como un calor que se irradiaba desde mi cuello hacia el resto del cuerpo. Era excitante, despertaba mi imaginación, me traía recuerdos. Iba caminando por la calle pero en realidad mi mente estaba en otros sitios.

Y claro, mente traviesa + collar puesto + sin bragas + viento + humedad vaginal = frío gélido en la entrepierna.

Así que me di media vuelta y volví a casa. Me puse unas bragas y otros pantalones y volví a salir a seguir con mi  día. Pero no estaba cómoda, no me sentía bien. Sabía que estaba desobedeciendo.

Lo primero que hice esa tarde, al verle en la pantalla, fue confesar mi falta, explicando mis motivos para hacerlo. Él se quedó pensativo durante unos minutos y al cabo de un rato, esbozó esa sonrisa depredadora que yo había llegado a conocer muy bien en muy poco tiempo. Sólo que esta vez esa sonrisa no denotaba un "juego" divertido, sino algo que, seguramente, me resultaría mucho menos placentero.

Me explicó que sus castigos siempre eran duros, que prefería castigar duramente la primera vez para evitar una reincidencia. Y que sus castigos siempre estaban relacionados con la falta.

Dijo: "Querías llevar bragas, muy bien. Llevarás bragas, entonces. Te pondrás una, y no te la quitarás hasta que hablemos el lunes por la tarde. No te la quitarás para nada. Si tienes que ir al baño, a mear,  lo harás con ella puesta. Si es a otra cosa, podrás apartarla, pero no quitarla."

Era jueves. Y el domingo tenía visita de mi familia, algo que no podía cancelar ni cambiar. Se lo recordé, pensando que lo había olvidado y que cambiaría las fechas del castigo. Pero su sonrisa se ensanchó aún más, cuando me dijo "Ya lo sé". Le dije que era imposible, que no podía estar así, que el olor, que se darían cuenta. Y me dijo que en mi mano estaba acatar el castigo o no.

No hacía más que pensar en cómo estarían las bragas el domingo. Hasta entonces podía evitar el contacto con la gente, estar en casa. Y tenía que cumplir el castigo.

.... Y se me encendió la bombilla. Y en ese momento, fui yo la que sonrió de oreja a oreja.

Pasaron los días, cumplí mi castigo a rajatabla. Recibí a mi familia el domingo, pasamos el día juntos y fue una visita muy agradable.

El lunes por la tarde, cuando estuve ante él, lo primero que me preguntó fue si cumplí. Y le dije que sí, puesto que así había sido. Quiso saber entonces cómo había hecho para que mi familia no se percatara de nada. Y entonces le dije: "El castigo era llevar las bragas puestas, todo el tiempo, hasta hoy por la tarde. Lo único que podía hacer era apartarlas un poco en el baño cuando no era para orinar. Tenía que mear con ellas puestas. Y eso hice. No me quité las bragas ni un momento, ni siquiera toooodas las veces que me duché ese fin de semana para que estuvieran limpias" Y sí, lo confieso, cuando acabé de decirlo tenía una sonrisa de satisfacción en mi cara. De hecho, pensé que se iba a enfadar, pero no. Lo que hizo fue soltar una larga y estruendosa carcajada y mirarme con un cierto velo de orgullo en los ojos. Eso sí, me dijo que para el próximo castigo se encargaría de que no hubiera "flecos" por donde evadirme.


domingo, 9 de octubre de 2022

La Goma Azul

Aquí estoy de nuevo, desnudo, con unos zapatos de tacón de aguja negros; con mis muslos, apretados, tapando mi sexo, delante de un espejo con la goma azul de su pelo en la palma de mi mano. Miro…, respiro…, y siento… Recuerdo nuestro primer encuentro, nuestro primer café, la primera mirada que me atreví a mantener, no como reto, sino como señal de respeto. ¡Qué placer deslizarme por el iris de sus ojos y bucear en un maravilloso río de lava ardiente que descubrí en su interior! 

Cada vez que con firmeza cierro mi puño y su goma azul traspasa mi mano, mi vientre se encoje, mi corazón se estremece, mis ojos se cierran y todo mi mundo desaparece, se convierte en vacío…, un vacío de su recuerdo. Vacío de sus manos, de sus pies, de su mirada, de su pelo que con tremendo placer mecí entre mis manos como si se escapara el viento entre mis dedos. 

Como cada noche rocío la goma con su perfume y la acerco levemente a mi nariz para sentirla cerca aunque todo mi ser esta ya empapado por su esencia; deslizo mi lengua con sumo cuidado por el interior de la goma, mimando los contornos, saboreando su aroma con mis labios haciendo presente la adoración de su sexo. 

¡Déjeme ir! Por favor Señora, se lo suplico… ¡Déjeme ir! 

Déjeme que abandone su recuerdo, su pasado, mi presente… ¡Déjeme ir! 

El vacío se apodera de mí, mis lágrimas rotas inundan los zapatos que un día me regaló y entonces su imagen…, su imagen vuelve a mí, se refleja en el espejo y yo no puedo sino postrarme, arrodillarme, bajar mi cabeza hacia su pies, poner su goma azul en mi pelo esperando, deseando que Usted la tome y la vuelva a poner en el lugar que nunca debió abandonar: mi muñeca izquierda; pero sé que sólo es un deseo, así que vuelvo a mí, me descalzo, seco mis lágrimas, guardo su goma azul en una pequeña bolsa de cuero negro y la pongo debajo de mi almohada… 

Cómo cada noche dormirá conmigo… 


Autor candyman

domingo, 28 de agosto de 2022

Cabreo

Contigo quería hablar. Sí, contigo. Tú, que vas por la vida con la nariz levantada, mirando a todo el mundo por encima del hombro... Pero vamos, que si quieres ser un gilipollas es asunto tuyo, es tu elección, no tengo nada que decir. Pero te has saltado los límites. Lo que tú hagas con lo tuyo es asunto vuestro y de nadie más. Y lo que yo haga con lo mío es asunto nuestro y de nadie más.

¿Quién demonios te has creído que eres para juzgarme? ¿Quién te ha dado la potestad de dirimir quién es Dominante y quién no? ¿Quien cojones eres tú para decirme lo que puedo o no puedo hacer con mi propiedad?

Estoy harta de personajillos como tú, Dominantes de libro y de salón, de puertas para afuera. Esos grandes Dominantes que exigen protocolo y respeto público, que buscan más la admiración ajena que la experiencia propia.

Escúchame bien, "mayusculito". Yo tengo una propiedad. Yo soy Ama, soy Dueña de una maravillosa persona que se ha puesto en mis manos. Y como Dómina, Dueña y Señora de esa persona, puedo hacer lo que me plazca sin tener que dar explicaciones a nadie y mucho menos a un pelele de medio pelo como tú.

Si quiero azotarle, le azoto. Si quiero tenerle simplemente a mis pies mientras hago lo que sea, lo tengo. Si quiero imponerle castidad, se la impongo. Si le quiero vestido, lo está. Si le quiero desnudo, lo está. Y si le quiero sentado a la mesa conmigo en lugar de a cuatro patas en el suelo, lo está también. Y si le quiero follándome, lo está también. Cualquier cosa que no traspase los límites acordados. Cualquier cosa, ¿te enteras? que yo quiera, no que quieran o esperen los demás.

A ver si te enteras, imbécil, que dominar no es seguir un listado de normas y prácticas. Que dominar y tener a alguien, es hacer lo que se desee con esa persona, lo que se desee. Desde el momento en que empiezas a pensar en el qué dirán o qué pensarán los demás, dejas de someter y de poseer y te conviertes en esclavo de los demás y de sus opiniones.

Te has recreado públicamente intentando ridiculizar mi relación con mi perro. Y no te das cuenta, eres tan cortito que no te enteras de que lo único que has conseguido es ponerte en evidencia.

Así que sigue con tus cosas, mayusculito, sigue mostrando lo "Dominante" que eres, tratando como inferiores a los sumisos y sumisas, exigiendo tratamientos y fijándote solamente en las formas y no en el fondo. Yo seguiré disfrutando de mi relación, haciendo lo que me salga de la peineta en cada momento, que para eso soy yo, YO, la que decido. No los demás ni sus opiniones. Yo.

Sigue, "dominante de salón", sigue luciéndote en público y arrastrándote en privado. Yo, mientras, estaré haciendo lo que me salga del mismísimo, que para eso soy quien soy y soy lo que soy.

Espero habértelo dejado claro. Si no es así, no tendré ningún problema en repetírtelo, quizás con algún ejemplo concreto.

sábado, 27 de agosto de 2022

Recuerdo...

Lo recuerdo con una sonrisa, a pesar de los años que han pasado y de todo lo que sucedió después. Era noviembre. Me ordenó registrar mi nick con su collar. Se supone que debería sentirme emocionada, feliz, jubilosa, pero lo único que sentí fue pánico.

Me conocía bien. Bueno, al menos esa parte de mí. Y me dijo que hablara. Yo ya sabía que lo que dijera iba a tenerse en cuenta, pero que no me aseguraba que su decisión final fuera la que yo deseaba. De hecho, a veces, mis razones conseguían el efecto contrario al esperado.

Así que, como siempre, fui sincera y directa. Le pedí que por favor esperara a después del primer encuentro real, que pasaría en unos días, antes de hacerlo. Que no sabía si sería lo suficiente, si daría lo suficiente, si le haría disfrutar lo suficiente, si aguantaría lo suficiente...

Él dijo que estaba seguro, que no le hacía falta saber nada más. Que registrara el nick en ese mismo instante pero que, por consideración hacia mí, no me haría usarlo hasta después de nuestro encuentro. Y así lo hice.

Y llegó el día. El tiempo a veces parecía ralentizarse y en otras ocasiones, volaba. Me preparé para él, pensando en qué haría conmigo y sintiendo esos nervios que nos hacen sentir tan vivos en algunas ocasiones.

Cuando entró, lo primero que hizo fue poner su mano en mi barbilla, subir mi cabeza y pedirme que le mirara a los ojos. Después de mucho esfuerzo, conseguí subir mi mirada hasta su nariz. Él se reía al ver mis intentos de mirarle a la cara, mientras me ponía colorada como un tomate. Siempre le encantó hacerme ruborizar, cosa, por otro lado, nada complicada de lograr.

Unas horas más tarde, mi aspecto había cambiado por completo. Me sentía pegajosa, pringosa, dolorida y feliz. Notaba la existencia de retazos de mi piel que hasta ese día desconocía.

De rodillas, desnuda en el centro de la cama, me pidió que cerrara los ojos. Obedecí y escuché el tintineo ya para entonces familiar de la bolsa de deportes que había llevado (llena de cosas sorprendentes para mí, todo sea dicho). Y sentí el roce de sus dedos en mi cuello, mientras me ponía el collar.

Era un collar de cuero negro, casi como un cinturón, con una trabilla metálica para enganchar la correa, también de cuero negro. Cuando ya lo tenía puesto, me dijo que abriera los ojos. Le pregunté si estaba seguro y me dijo que sí, pero que ya estaba seguro desde hacía mucho tiempo.

Cuando se fue, recorrí estancia por estancia, recordando qué pasó en cada sitio. Por primera vez sentí orgullo cuando me vi reflejada en el espejo, con el cuerpo medio retorcido para ver las marcas intensas aún en mis nalgas, los restos de goterones de cera aquí y allá. El resultado de su obra sobre mí. Y mi collar negro, destacando en mi cuello, oliendo a nuevo, rígido, calentándome por dentro y por fuera. Dormí con él puesto esa noche.

Al día siguiente, me ordenó ponerme el nick con collar. Muchas personas hacen ostentación de su collar. Otras sienten el orgullo natural de llevarlo. Yo sentía orgullo pero también sentía el peso que era llevarlo. La responsabilidad, porque mis actos, mi conducta, todo lo que tuviera que ver conmigo o con lo que yo hiciera o dijera, también le implicaría a él. Y tenía que redoblar mis esfuerzos por no equivocarme.

Muchas felicitaciones, mucha alegría... el primer día. Después empezaron a aparecer "amigas" o "conocidas" que me comentaban cosas "por mi bien", que  intentaban darle un significado a cosas que tenían otro completamente distinto. Aparecieron bellas mariposas revoloteando a su alrededor, como si el hecho de haberme tomado (a mí o a cualquier otra, es una cosa que he visto con otras personas también), le convirtiera en una especie de trofeo.

El hecho de llevar collar también hizo que personas que jamás se habían fijado en mí, lo hicieran ahora. También como un juego o un desafío, supongo. Cazar a la sumisa con collar.

Era incómodo. Era irritante. Era triste. Tenía que rechazar los comentarios, sugerencias y ofrecimientos de esas personas, pero de forma educada, cuando a veces me habría gustado decir cuatro o cinco cosas bastante inconvenientes.

Le informaba a él de todo lo que sucedía. A él le hacía gracia ese repentino cambio de actitud de ciertas personas. Y seguimos en nuestro mundo particular, en nuestra burbuja que nos aislaba del resto de personas cuando estábamos juntos.

Nunca volví a llevar collar virtual, sí real. Me he ahorrado chismorreos, decepciones y malos momentos. Nunca he entendido que se quiera acabar con una relación, que se quiera ensuciar algo tan maravilloso. ¿Que él o ella no te ha elegido a ti o no se ha entregado a ti? Vale, escuece, incluso duele, pero el que esté con otra persona o no, no va a hacer que te elija a ti. Hay cosas que no se elige sentir. Y sí, hay cosas que no puedes dejar de sentir como quien da a un interruptor. Pero sí se puede decidir qué hacer al respecto.

Me han hecho mucho daño, como a tantas otras personas. Y precisamente por eso, por saber qué es lo que se siente cuando te dan donde duele, yo no lo haría. Quizás soy demasiado tonta o ilusa.

Anoche, tumbada de madrugada en mi cama, sin poder dormir, de repente y sin saber el motivo, recordé ese momento, el momento en que, con los ojos cerrados, me puso mi collar. Y sentí que tenía que contártelo, no sé porqué. Tal vez porque deseo que tú sientas o vuelvas a sentir algo parecido al poner o recibir un collar, con todo lo que conlleva, la responsabilidad y el orgullo. O quizás simplemente era una especie de purga de mi cabecita loca, a saber.

sábado, 20 de agosto de 2022

Cubiertos

Desnuda, el cuerpo extendido sobre la superficie de la cama, relajada pero al mismo tiempo anhelante,sus ojos cerrados...

Un hombre se sienta mirándola de cerca. Observa lenta y perezosamente la piel expuesta ante él. Blanca,suave, apetecible. Quizás demasiado blanca. Juguetea con un tenedor, pasándolo de una mano a otra.

"Es una delicia". El súbito pensamiento despierta una idea. Y se inclina sobre la espalda de la mujer, tenedor en mano.

Coloca las cuatro púas en la superficie, justo bajo el cuello y hace presión. Ve cómo se hunden, formando cuatro hoyuelos idénticos. Ella se estremece ante la sensación y esa piel tersa y casi perfecta se eriza suavemente. El hombre coloca su dedo índice sobre la curvatura del tenedor, para facilitar la guía y la presión y hace que se deslice hacia abajo, resiguiendo la columna vertebral. Cuatro líneas blancas paralelas que se van transformando en suaves caminos rosados al cabo de unos instantes.

Al llegar a las nalgas, se detiene. Ve el resultado de su obra y sonríe. Aumenta la presión del tenedor a medida que lo desliza hacia el cuello otra vez, en esta ocasión por el costado más cercano a él, dibujando curvas y volutas. Ella se mueve ligeramente, señal de que quizás esté presionando demasiado, así que se detiene, se echa atrás y la mira. No tan blanca ahora, no tan suave a la vista, pero increíblemente más deliciosa y apetecible.

Se levanta, mete una mano bajo el cuerpo femenino y empuja hacia arriba y hacia un lado, indicándole que debe girarse, quedar boca arriba.

Traza un círculo casi perfecto rodeando el ombligo,sube hacia el pecho derecho y al llegar a la base, levanta el tenedor  y comienza a pinchar aquí y allá, a veces con suavidad, otras veces con algo de violencia. Ella reprime un gemido, sus pezones se erizan, captando la atención masculina.

Pasa las púas del tenedor por los pezones, levemente.Ella sonríe y al verlo, él la abofetea con la mano libre, haciendo que jadee más por la sorpresa que por el golpe en sí.

Decide que ya basta, así que como broche final, con la presión justa para no hacer herida, dibuja una P en su vientre, con la intención de que sea la última marca en desaparecer.

Se pone en pie y se desabrocha el cinturón. Ella entreabre los ojos, anhelante, deseándole, como sucede siempre que le tiene cerca. Él se saca el cinturón, enroscando el extremo en un puño. Ella parpadea y siente ya el cosquilleo de lo que se avecina.

El hombre chasquea los dedos y ella se pone automáticamente a cuatro patas. Las líneas de la espalda apenas se perciben ya, pero él mantiene la vista fija en ellas mientras su cinto tiñe de rosa la piel de los glúteos. Ella, inconscientemente, balancea las caderas levemente hacia adelante y atrás. No. El placer es de él. Así que lanza un golpe certero a la entrepierna que hace que ella aúlle y se quede quieta. Bien.

Le acaricia suavemente con la punta de los dedos antes de pellizcarle. Ella gime. Él coge su cabello y tira de su cabeza hacia atrás. Sin soltarla, da un paso lateral para verla mejor. Las mejillas húmedas de lágrimas contradicen el brillo de sus ojos y su mirada hambrienta.

Satisfecho, recoge el tenedor, se vuelve a poner el cinturón y sale.

martes, 16 de agosto de 2022

Causalidades

Habían pasado ya casi tres meses desde que su mundo se volvió cabeza abajo. Un nuevo comienzo, con la ilusión y el miedo que ello conllevaba. Necesitaba una distracción para las pocas horas que le quedaban libres durante la jornada. Algo suyo, algo que no tuviera relación con el pasado ni con nadie de esa época. Y así, volvió a una de sus diversiones favoritas: el trivial online.

Buscó un lugar con poca gente y pocos días más tarde, ya se había hecho al programa con el que se jugaba y empezó a divertirse. Con el paso del tiempo, entre partida y partida, empezó a charlar y conocer a los demás usuarios, creando así una atmósfera casi familiar en ese canal.

En una de esas ocasiones, en una charla con un usuario, él le preguntó si sabía qué canal del chat tenía más usuarios. La mujer, pensando que era lo más lógico, contestó que el canal #sexo, o alguno similar. Con una risa, el usuario le indicó que no, que el canal con más usuarios era #mazmorra.

La mujer, en su ignorancia, pensó que sería un canal dedicado a algún videojuego, como Dragones y mazmorras o similar y así se lo hizo saber al usuario, quien, tras una carcajada mayúscula, le aclaró que no, que en ese canal "unos iban a pegar y otros a que les pegaran". La mujer quedó sorprendida, preguntándose cómo sería eso de pegar o ser pegado en un chat. Y ahí quedó la cosa.

Días después, en un parón en el que no había juego ni charla, la mujer se dedicó a una de sus aficiones: pedir una lista de canales y leer sus tópics.En ellos había encontrado cosas interesantes, divertidas,ingeniosas...

Al llegar a #mazmorra, se fijó en que el tópic era una dirección web en la que se anunciaba que estaban las normas del canal. "Ajá, si leo las normas me enteraré de qué es eso de pegar o dejarse pegar en un chat". Dicho y hecho, sin pensar más, clicó en la dirección, sin darse cuenta de que así lo que hacía, al estar en la lista de canales, no era entrar en la web sino en el canal en sí.

En cuanto se dio cuenta de lo ocurrido, salió del canal, con el corazón acelerado y sintiéndose ridícula. Apenas unos segundos más tarde, un nick desconocido le abría un privado. Un usuario de #mazmorra se había fijado en su nick entrando y saliendo

Ella se disculpó y explicó lo que había pasado. La reacción del hombre la sorprendió, ya que se ofendió muchísimo al leer lo de "pegar y ser pegado". Acto seguido, le empezó a hablar de una cosa llamada BDSM. Le dio varias direcciones web con información al respecto y le dijo que cualquier duda que tuviera, se la consultara sin problema.

La mujer se lo agradeció y se dispuso a leer sobre ese nuevo mundo que había descubierto de forma totalmente accidental. A medida que iba leyendo la información que le había pasado el hombre, sentía una especie de liberación, de tranquilidad. Porque a lo largo de su vida, se había sentido rara, incluso enferma por las cosas que imaginaba, deseaba y fantaseaba. Cosas que había relegado a un rincón de su mente y había cubierto con el polvo de lo considerado socialmente normal y aceptable.

También sentía que era terriblemente complicado vivir una "vida BDSM", que había que ser muy fuerte, muy segura, tener las cosas muy claras. Entregarse a alguien o aceptar tener en tus manos a otra persona era, para ella, una de las cosas más difíciles del mundo.

Le agradeció al hombre la información que le había aportado. Compartió con él sus pensamientos y él fue muy agradable con ella. Empezó a hablarle todos los días, a esperar los momentos entre partidas para hablar con ella.

La mujer temía que el hombre pensara que ella podía ser sumisa, así que le dijo claramente que no era así. Una mujer sumisa era una mujer valiente, una mujer fuerte. Lo que ella no era ni sería nunca. Él dijo que bueno, que simplemente quería hablar y ella se sintió un poco tonta por haber pensado algo tan absurdo.

Una tarde, repentinamente, en medio de una conversación totalmente insulsa, el hombre le dijo "Tráeme las zapatillas". Ella frunció el ceño al leer esa frase, con una media sonrisa en los labios. ¿Que le lleve las zapatillas?. Así que le dijo que no, que no se las llevaba.Él no dijo nada, sólo siguió con la conversación, como si nada. Pero ella quedó inquieta. No hacía más que darle vueltas a su petición y su negativa. No le habría costado tanto teclear una frase o dos, diciendo que se las llevaba. Pero por otra parte, !qué tontería¡ ¿no?

La actitud de él no cambió en los días siguientes. Esperaba pacientemente a que acabara una partida para charlar unos minutos antes de empezar la siguiente. Ella se pasaba todo el rato pensando en zapatillas y sintiéndose ridícula por hacerlo. En el fondo, deseaba que él se lo volviera a pedir, para así librarse de ese desasosiego que tenía encima.

No lo hizo. Siguió hablándole de poesía, de fotografía, de viajes, paisajes... Y lo que pasó después, bueno, eso es tema de otra historia.