martes, 26 de julio de 2022

Rindiéndolo

Rindiéndolo


Era la primera vez que me veía en esa situación. Tenía ante mí, a cuatro patas, un hombre dispuesto a ejercer la función de escabel humano. Impertérrito, con la cabeza agachada y la vista clavada al suelo, pero aún así podía sentir como olas de impaciencia saliendo de su cuerpo, hacia mí.

Así que me descalcé y apoyé mis pies desnudos en su espalda. La verdad es que resultaba muy cómodo estar así. Sentía un casi imperceptible balanceo bajo mis talones, producido por su respiración. Tras pasar unos segundos así, con los talones apoyados en la mitad de su espalda, decidí "explorar" el territorio.

Deslicé mi trasero sobre la silla, echándome hacia atrás. Doblé mis rodillas e hice que las plantas de los pies se apoyaran por completo en la espalda masculina. El movimiento de su respiración se aceleró levemente. Deslicé mi pie derecho hacia su nuca, acariciándole y sacándole un suave gemido. Me quedé quieta así, un pie en su espalda y otro en su nuca. Casi podía escuchar sus pensamientos, pidiéndome que los moviera más, que le tocara más con ellos.

Me sentí traviesa, así que empecé a frotarlos, como si él fuera un felpudo en lugar de un escabel. El masajeo resultante me fue muy agradable. Vi cómo su cuello se tensaba y cerraba los puños.

A medida que subía su nerviosismo, aumentaba mi sensación de poder y mi placer. También se me ocurrían más cosas. Así que dejé que mi pie izquierdo resbalara por su costado y que acariciara su vientre, hasta la cintura, sintiendo el cosquilleo de su vello en los dedos de mis pies.

Eso hizo que ladeara la cabeza, dirigiéndome una mirada suplicante que me hizo sonreír. Realmente maravilloso tener un escabel humano. Mi pie volvió a su posición inicial, mientras que el otro fue directo hacia su cara, apoyándose en la punta de su nariz. Ahora el gemido fue más audible. Y mayor mi placer y mis ganas de arrancarle más, de hacerle sufrir de esa manera. Así que dejé que el dedo gordo de mi pie resbalara sobre sus labios, recorriéndolos. Entreabrió la boca y fue entonces cuando lo aparté y volví a apoyarlo en su espalda.

Seguí unos minutos más en esa postura, las plantas apoyadas sobre su espalda y yo totalmente relajada, pensando qué es lo que podría hacer a continuación, mientras sentía, alterada, su respiración acunándome los pies.


TSNR

TSNR


Todos los días igual, la misma rutina. Todo a la misma hora, cruzarme con los mismos desconocidos. Estaba hartándome de mi vida.

Y sobre todo estaba hartándome de la vecina de arriba. Todas las mañanas, indefectiblemente, acaparaba el ascensor. Había probado a salir unos minutos antes o unos minutos más tarde, pero en vano. Parecía hecho a propósito. La mayoría de las veces acababa bajando por las escaleras.

Pero hoy no. Si hoy vuelve a suceder, le diré cuatro cosas a la fresca esa. Joder, ya me he vuelto a cortar afeitándome.
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Todos los días igual, la misma rutina. Levantarme, ducharme, vestirme y escuchar. Sí, soy mala y retorcida, pero me gusta chinchar al estirado de abajo. Hace más de un mes que me di cuenta de su costumbre de bajar la ventana de la cocina justo antes de salir. Siempre la abría antes de acostarse y la cerraba antes de salir por la mañana. Me llamó la atención esa constancia en algo tan singular. Y por eso siempre podía calcular cuándo salir para llamar el ascensor y mantenerlo inoperante durante unos minutos. Me suponía un placer perverso sentir cómo su impaciencia crecía, escuchar sus pasos de un lado a otro del descansillo... A veces hasta bajaba a pie sólo por no esperar más.

Porque he de confesar que me gustan las pequeñas perversidades. Bueno, y las grandes también. Nadie adivinaría jamás que tras esta fachada de mujer aburrida y respetable, hay una bruja libidinosa. Es como ponerme la deliciosa ropa interior que tanto me gusta y cubrirla con aburridas prendas de algodón lisas y prosaicas.

Escucho atenta los sonidos de la vivienda inferior y pienso "hoy parece que nos hemos levantado de mal humor" y no puedo evitar una sonrisa pícara.
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Joder, cuando algo empieza mal, está visto que seguirá igual. Primero el corte al afeitarme y ahora se rompe el asa de la taza, bañándome en café caliente. Mierda. Ahora a cambiarme a toda prisa y ya me puedo olvidar de desayunar. Bueno, con suerte la chalada del ascensor ya se habrá ido cuando salga.
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Qué raro, hoy se retrasa demasiado. Ha debido tener algún accidente doméstico, a tenor del jaleo y los improperios que lanzó hace un par de minutos. Así que me preparo para salir, con calma. Hoy me he dado el capricho de ponerme unas medias en lugar de los panties de siempre. Me detengo ante la puerta del piso, inclinando la cabeza en posición de escucha. Hoy voy a sacarle realmente de sus casillas.
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Bueno, ya está, por fin. Si me doy prisa, llegaré a la hora de siempre. Justo hoy que tengo tanto trabajo atrasado. Mierda.
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Escucho el golpe seco al cerrarse la ventana y me apresuro a salir, pulsando el botón de llamada del ascensor. Justo cuando llega, escucho cerrarse la puerta de abajo. Sonrío. Se abre la puerta del ascensor y la mantengo abierta, contando mentalmente los segundos... uno... dos...
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No, no, no, hoy no. Hoy no. HOY NO. No sé en qué momento lo he decidido, pero me encuentro subiendo el tramo de escaleras que nos separa. Me va a escuchar la imbécil esta. Me va a oír, sí señor.
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Vaya, pero si está subiendo las escaleras. Uy, uy, uy, me parece que me toca paga el pato del mal día a mí. Pues nada, me meto en el ascensor y bajo. Si me doy prisa, no llegará a tiempo.
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Vaya, se están cerrando las puertas del ascensor, se me va a escapar. Y un huevo. Me muevo más rápido y consigo meter una mano deteniendo la puerta del ascensor, tocando el sensor. La veo dentro, tan vulgar como siempre, mirándome fijamente.
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Interesante. Las pocas veces que nos hemos cruzado me parecía un tipo anodino. Bueno, hasta que me di cuenta de lo de la ventana de la cocina. Esa costumbre suya despertó mi curiosidad y mis ganas de chincharle. Y ahí estaba, furioso, enrojecido y mirándome como si fuera una cucaracha. Ja, no sabes con quién te estás metiendo, no tienes ni idea.
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Irrumpo en el ascensor como un jabalí al ataque. Ella me mira como quien observa una bacteria en el microscopio. Me pregunto si será bibliotecaria, tiene toda la pinta. Pero hoy me va a oír la tía esta, me va a oír.

Justo mientras pienso eso, siento que algo se me sale del bolsillo de la chaqueta, por el impulso que tomé para entrar en el ascensor antes de que cerrara la puerta. Estupendo, ahora se me va a caer el móvil y con el día que llevo, se hará añicos, fijo.
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Parece que hoy no es su día. Me esfuerzo por no soltar una carcajada cuando, al entrar casi trastabilleando, el móvil sale del bolsillo de su chaqueta como un misil. Un misil que, por cierto, va a impactar en mis medias nuevas.
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Alargo la mano inclinándome al mismo tiempo, tratando de cogerlo antes de que llegue al suelo. Va directo a la pierna de mi vecina, no pienso, sigo bajando, cierro la mano en un puño... justo por encima del lugar donde cae mi móvil, acabando con mi mano rodeando parte de la pantorrilla de mi vecina. Miro hacia arriba, con intención de disculparme y mi mirada vaga por debajo de la falda. Coño, pues al final no va a ser una bibliotecaria, la tía lleva medias y no panties. Mmmm y desde aquí la vista de sus piernas es de todo menos aburrida.
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Me doy cuenta de que ha disfrutado del panorama que oculta mi falda y eso me irrita profundamente, así que le golpeo suavemente con el pie "¿Qué, te gusta el paisaje?". Veo cómo se ruboriza y empieza a tartamudear. Su mano se ha deslizado hasta mi tobillo, el muy tonto no se ha dado cuenta de que lo está agarrando, ni siquiera cuando lo muevo.
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¿Qué me está pasando? Mmmmm, jamás en mi vida había olido algo tan maravilloso. Su pie, a apenas unos centímetros de mi cara, golpeando suavemente mi pecho, para llamar mi atención. Jamás había pensado que un pie pudiera oler así. Ni ser así, ahora que me fijo. Incluso con unos zapatos tan aburridos como los que lleva, la piel del pie parece brillar bajo la sutil capa de la media. Y siento el impulso de quitarle el zapato, para ver los deditos de sus pies, enfundados en la media y llevármelos a la cara, para empaparme de ese olor, para sentir la suavidad.... Ostias, ¿qué me pasa? No me fastidies, ¿los pies? ¿Me estoy poniendo burro por unos pies?
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Me doy cuenta del momento exacto en el que él pasa de ser sólo un vecino que mira bajo mi falda a ser un amasijo de deseos. Al primer toque de mi zapato con su pecho, cuando no me soltó el pie, supe que algo había tras esa cara de cabreo. Me encanta la forma en que mira mi tobillo y desliza esa mirada hacia el empeine. Sé que está deseando ver más. Sé que está deseando tocar. O que le toque. Conozco muy bien esa mirada. Pero si quiere más, ha de ganárselo.
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Estoy loco. Eso es. Este día de perros me ha afectado. El corte, el café, el cabreo. Me ha afectado, esto es una locura transitoria, algo que pasará. Así que voy a recoger mi móvil, levantarme y seguir como si nada. Eso es. Me levanto y la miro. Tiene una extraña expresión en su cara, como si tuviera un secreto divertido que me atañe pero no estuviera dispuesta a contármelo. Me agacho para recoger el móvil. Ella hace un movimiento con su pie, casi pisándolo. Y otra vez me quedo como en trance, inclinado, viendo ese pie, esa piel, esas curvas y acercándome más de lo necesario para captar ese delicioso olor. Mmmm. Definitivamente, tengo que cambiar mi rutina.



Cuerdas


Te veo. La ropa que antes cubría tu cuerpo cuelga de una percha en un rincón. Las cuerdas, que antes estaban ordenadamente dispuestas sobre la mesa, son ahora tu vestido. Cubren tu cuerpo, atándolo, disponiéndolo en la forma que he ideado para ti. Tus brazos y piernas flexionados, unidos entre sí por lazos, vueltas y nudos.

Te sientes desnuda, pero para mí estás más vestida que nunca. A mi modo, a mi gusto, por mi mano.

Escucho los gruñidos ininteligibles que salen de tu boca y me parece sentir la vibración de tu garganta al forzar la voz. Esa voz que hace unos minutos, contaba pausadamente anécdotas del viaje que te trajo hasta mí. Ahora suenas mejor. Aunque no entienda los sonidos, aunque no distinga las palabras, veo claramente lo que quieres decirme, lo veo en lo turbio de tu mirada, en la rojez de tus mejillas, en el parpadeo de tus ojos, en cómo se eriza tu piel con mi contacto.

He esculpido mi fantasía utilizando tu cuerpo. Y me regodeo en su visión. Doy vueltas alrededor, fascinado por el contraste entre la blancura de tu piel y el color de las cuerdas. Notando, aún sin verlas, las marcas que tus movimientos intensifican sobre tu piel.

El placer que siento al verte así, tal como te he soñado miles de veces antes, se traduce en el roce de las puntas de mis dedos por tu frente, cubierta ligeramente de sudor. Tus mejillas abultadas, semicubiertas por la cinta, cálidas cuando las toco.

Tiro con suavidad de alguna cuerda. No porque sea necesario comprobar nada, o apretar más, sino por el orgullo del trabajo que he hecho, que hemos hecho.

Y me siento, relajado, mirándote, disfrutándote, grabando esa hermosa imagen en mi memoria y anticipando mentalmente el momento de la liberación física, de deshacer nudos, quitar el traje de cuerda que diseñé en exclusiva para ti. Y el mejor momento de todos, ese en el que tu mirada, esa mirada esquiva y tímida, se fije en mí, mientras me confieses que jamás te has sentido más libre que cuando te ataba.


Lágrima


Te miro. Apenas nos separa un paso, pero siento que jamás has estado tan lejos de mí. Tienes la mirada clavada en mi cara, como si intentaras descifrar pensamientos, sentimientos... yo qué sé. Es una sensación casi física, un roce inexistente en mi piel, una caricia inquisitiva.

Nos separa ese metro, una zancada, un segundo. Pero son tantas cosas... tantas, que esa pequeña distancia me supone un arduo viaje, lleno de obstáculos.

Tu mirada, que antes tiraba de mí, que me anclaba, se escurre ahora. Mi piel y la razón la esquivan. Mis sentimientos la apartan. Pero sigue ahí, buscando.

Siento el hastío subiendo por mi garganta, el sabor de la bilis del cansancio emocional llenándome la boca y decido que ya basta. Que no más.

Tus ojos, como siempre, me leen, no necesito hablar. Los miro, por última vez. Brillantes, enormes en su tristeza. Se llenan de lágrimas, rebosando sobre el párpado inferior. Y los cierras, en un vano intento de ocultar el dolor que te causo, que me causas, que nos causamos y que no volveremos a sentir más. Y entonces una gota aparece, suspendida en tus pestañas durante un ínfimo y eterno momento, antes de caer y deslizarse por tu mejilla, trazando el húmedo camino del adiós.

Y me voy, en tu oscuridad de ojos cerrados, llevando conmigo, para siempre, la imagen de esa gota resbalando.


más

Sin título

(Normalmente pongo a los relatos hechos por petición el título de lo que me han pedido, pero en este caso prefiero no hacerlo, para que no se formen ideas preconcebidas)


Levanto la vista de la página que estoy leyendo y veo el cristal de la ventana golpeado por gotas de lluvia. Mi mirada sigue el recorrido de una de ellas, zigzagueando y uniéndose a otras, un diminuto río de agua dulce, de caudal escaso y vida breve.

Sonrío ante lo pedante de mis pensamientos. Eso me pasa por leer. Dejo el libro a un lado y me acerco a la ventana. Fuera, el asfalto de la carretera parece obsidiana brillante y los charcos hacen su aparición, breves espejos que reflejan el cielo gris.

Apenas hay gente caminando. Es la primera tormenta fuerte del año y ha pillado a casi todos por sorpresa, con lo que cada cual se ha quedado en casa o ha regresado lo antes posible. Creo que es el momento más oportuno para hacer lo que debo.

Así que me calzo unas botas de agua, casi infantiles y me pongo un impermeable por encima de la ropa. Meto las llaves en uno de sus bolsillos y salgo.

Sigue lloviendo con fuerza, las lluvia golpea la capucha y crea un sonido un tanto extraño, como si yo fuera parte de algún raro instrumento musical de la naturaleza. Apuro el paso, el trayecto no es muy largo, apenas doscientos metros, pero la lluvia parece ralentizar mis pasos. Avanzo con la mirada fija en mi objetivo: un edificio blanco, pequeño, con un gran patio delante de la puerta de entrada, sin ventanas y con una pequeña torrecilla en uno de sus extremos, donde teóricamente debería haber una campana, pero en realidad hay un altavoz que, cada media hora, emite los tañidos correspondientes.

Alargo la mano hacia el enorme pomo dorado de la puerta y empujo con fuerza. Sé, por visitas anteriores, que es una puerta maciza y pesada. Doy un paso hacia la oscuridad que impera dentro. Me echo la capucha hacia atrás.

Lo primero que noto es el olor. Una mezcla de incienso, vela quemada y flores de difuntos. Intenso y un tanto asfixiante. Mis ojos se van acostumbrando a la tenue luz procedente de unas cuantas velas y un par de bombillas de poca potencia. La penumbra imperante hace más impactante el aspecto del altar. Ahí las luces son brillantes, reflejan los dorados y plateados e incluso el mantel que cubre el altar parece emitir su blancura.

Siempre me quedo unos minutos mirándolo. Apreciando la puesta en escena, la ambientación. No soy creyente, pero me gusta acudir a la iglesia para pensar. El silencio, la falta de luz, de sonido, hace que me sea mucho más sencillo concentrarme y no distraer mi atención en otras cosas que no sean mis pensamientos.

Sin embargo, esta vez no voy a pensar. Acudo a la iglesia con una finalidad concreta. Se me ha dado una orden escueta y precisa: "una iglesia, un confesionario, unos gemidos". Sí, lo primero que se piensa ante esas palabras es sexo sacerdotal. Sonrío. Eso, seguramente, es lo que se espera, que haya sexo con algún cura o tal vez con algún parroquiano que me encuentre ahí. Si hago eso, se me acusará de previsible. Y si no lo hago, de decepcionante. Vuelvo a sonreír, esta vez más ampliamente. Y me dirijo al confesionario.

No hay lugar para las sorpresas, en esta parroquia sólo hay un sacerdote, así que ya sé que estará él o simplemente, estará vacío.

Mis pasos retumban. Es curioso cómo eso pasa en todas las iglesias, lleves el calzado que lleves y camines con la cautela que camines, siempre retumban los pasos, es como estar en una oquedad vacía.

Llego al confesionario, me arrodillo, siento las gotas de agua que se escurren de mi impermeable y mojan las perneras de mis pantalones, por las pantorrillas. Es desagradable. Tomo nota mental de comentárselo, sabiendo que es un detalle que le gustará conocer.

Al otro dalo de la rejilla no hay nadie. Echo la cabeza hacia atrás y miro para la derecha y hacia atrás. Nadie. Espero unos segundos, pero no aparece nadie. Pues bien, estoy en una iglesia y en un confesionario, sólo quedan los gemidos. Mi parte traviesa piensa que simplemente puedo ponerme a gemir y con eso habré cumplido mi parte. Mi parte honesta me dice que eso es coger las cosas muy por los pelos.

Pero es complicado, mi nivel de excitación está bajo mínimos. Normalmente el cumplir un encargo me gusta, me anima, me despierta la libido, pero esta vez lo que se ha despertado es mi faceta traviesa.

Me planteo seriamente dejarlo para otra ocasión. Una que nos complazca a los dos. Pero ya que estoy aquí, por otra parte, sería tontería no aprovechar el momento. Así que arrodillada, acodada y con los ojos cerrados, intento meterme en el papel de una mujer muy perversa y retorcida. Pienso en las velas, en la cera caliente, en los duros bancos de madera, en el olor a incienso... Imagino una figura oscura, vestida con un hábito oscuro, encapuchado y con un cordón a la cintura, portando una vara en sus manos. No puedo ver su cara ni puedo adivinar nada de su figura, sólo que es alto. Pasa la vara a su mano derecha y con la izquierda toma uno de los cirios que arden perezosamente en un rincón de la iglesia y se acerca pausada pero inexorablemente a mí.

Cierro los ojos, desabrocho mi impermeable y con esa imagen en la cabeza, deslizo mi mano por la cintura de mis pantalones, hasta alcanzar mi sexo, ya ligeramente húmedo. Sigo la fantasía en mi cabeza, aumentando el ritmo de las caricias de mis dedos y se me escapa el primer gemido. Me muerdo los labios, inconscientemente. En mi cabeza, el fraile está castigando mis pechos con la cera caliente, mientras de sus labios salen salmodias ininteligibles. Imagino el calor de las gotas en mi piel. Estoy a punto de llegar al orgasmo cuando siento un golpe seco y fuerte en mi mejilla. Y me doy cuenta de que eso no forma parte de mi fantasía. Abro los ojos y me encuentro al cura, con la cara congestionada y su mano aún alzada, como queriendo volver a golpearme. En lugar de eso, tira con rudeza de mi brazo, para sacar mi mano de dentro de mis pantalones y me lleva casi a rastras hacia la puerta de la iglesia.

Me ha tomado tan de sorpresa que lo único que puedo pensar es en lo poco cristiano que es ese hombre tratándome así, a una pecadora como yo, en lugar de perdonarme e intentar llevarme por el buen camino. Pero supongo que para él el violar la santidad de su iglesia es algo imperdonable, que está muy lejos de poder ser perdonado y supongo que más lejos aún de ser olvidado.

Y así me veo, fuera de la iglesia, con la lluvia mojándome la cabeza, escuchando balbuceos airados del cura a mis espaldas. Y pienso que la decepción que se llevará tal vez se vea compensada por la humillación de ser pillada in fraganti y por las miraditas y comentarios que me acompañarán durante un largo período de tiempo.

Me encojo de hombros y me vuelvo a casa, pensando en una cálida ducha y en el libro que me está esperando, sobre el sofá.

Te veo. La ropa que antes cubría tu cuerpo cuelga de una percha en un rincón. Las cuerdas, que antes estaban ordenadamente dispuestas sobre la mesa, son ahora tu vestido. Cubren tu cuerpo, atándolo, disponiéndolo en la forma que he ideado para ti. Tus brazos y piernas flexionados, unidos entre sí por lazos, vueltas y nudos.

Te sientes desnuda, pero para mí estás más vestida que nunca. A mi modo, a mi gusto, por mi mano.

Escucho los gruñidos ininteligibles que salen de tu boca y me parece sentir la vibración de tu garganta al forzar la voz. Esa voz que hace unos minutos, contaba pausadamente anécdotas del viaje que te trajo hasta mí. Ahora suenas mejor. Aunque no entienda los sonidos, aunque no distinga las palabras, veo claramente lo que quieres decirme, lo veo en lo turbio de tu mirada, en la rojez de tus mejillas, en el parpadeo de tus ojos, en cómo se eriza tu piel con mi contacto.

He esculpido mi fantasía utilizando tu cuerpo. Y me regodeo en su visión. Doy vueltas alrededor, fascinado por el contraste entre la blancura de tu piel y el color de las cuerdas. Notando, aún sin verlas, las marcas que tus movimientos intensifican sobre tu piel.

El placer que siento al verte así, tal como te he soñado miles de veces antes, se traduce en el roce de las puntas de mis dedos por tu frente, cubierta ligeramente de sudor. Tus mejillas abultadas, semicubiertas por la cinta, cálidas cuando las toco.

Tiro con suavidad de alguna cuerda. No porque sea necesario comprobar nada, o apretar más, sino por el orgullo del trabajo que he hecho, que hemos hecho.

Y me siento, relajado, mirándote, disfrutándote, grabando esa hermosa imagen en mi memoria y anticipando mentalmente el momento de la liberación física, de deshacer nudos, quitar el traje de cuerda que diseñé en exclusiva para ti. Y el mejor momento de todos, ese en el que tu mirada, esa mirada esquiva y tímida, se fije en mí, mientras me confieses que jamás te has sentido más libre que cuando te ataba.
Te miro. Apenas nos separa un paso, pero siento que jamás has estado tan lejos de mí. Tienes la mirada clavada en mi cara, como si intentaras descifrar pensamientos, sentimientos... yo qué sé. Es una sensación casi física, un roce inexistente en mi piel, una caricia inquisitiva.

Nos separa ese metro, una zancada, un segundo. Pero son tantas cosas... tantas, que esa pequeña distancia me supone un arduo viaje, lleno de obstáculos.

Tu mirada, que antes tiraba de mí, que me anclaba, se escurre ahora. Mi piel y la razón la esquivan. Mis sentimientos la apartan. Pero sigue ahí, buscando.

Siento el hastío subiendo por mi garganta, el sabor de la bilis del cansancio emocional llenándome la boca y decido que ya basta. Que no más.

Tus ojos, como siempre, me leen, no necesito hablar. Los miro, por última vez. Brillantes, enormes en su tristeza. Se llenan de lágrimas, rebosando sobre el párpado inferior. Y los cierras, en un vano intento de ocultar el dolor que te causo, que me causas, que nos causamos y que no volveremos a sentir más. Y entonces una gota aparece, suspendida en tus pestañas durante un ínfimo y eterno momento, antes de caer y deslizarse por tu mejilla, trazando el húmedo camino del adiós.

Y me voy, en tu oscuridad de ojos cerrados, llevando conmigo, para siempre, la imagen de esa gota resbalando.


relatos


Dominado por el Colectivo

"Dame tu teléfono" esas fueron las primeras palabras que escuché en mi vida de ella, de quien desconocía hasta su nombre pero ya había hecho que acabara 2 veces con mi boca.

Mi nombre es Marcelo. Tenía en ese momento 40 años y me considero una persona más o menos normal, aunque siempre fui un poco tímido respecto al sexo opuesto. Cuando sucedieron los hechos que voy a narrar a continuación estaba casado pero mi relación ya no marchaba bien y hacía más de 3 meses que mi única compañera sexual era mi mano. Mi historia no fue el motivo de nuestra separación, que dadas las circunstancias hubiera llegado más temprano que tarde, pero si el empujón que necesitaba para separarme de mi mujer.

Vivía en ese momento en la capital y trabajaba en la periferia. Si bien por mi situación económica podría haberme comprado un automóvil, dado que siempre viajaba a contramano, y en consecuencia más o menos cómodo, nunca lo consideré seriamente. Cuando estoy en el colectivo suelo deleitarme la vista con las ocasionales mujeres que comparten el transporte conmigo, de manera creo yo bastante poco disimulada. De todas formas las miradas cesan inmediatamente al notar que quien estoy observando se siente incómoda. En ese momento me dedico a mirar por la ventanilla tratando de no tentarme y dar vuelta la cabeza, más si a quien estaba viendo se sienta al lado mío. Nunca había pasado de más que unas torpes miradas y de llegar a pensar en decirle a la persona que importunaba con mi atención que me parecía atractiva.

Un día mientras regresaba a mi casa vi subir al bus a una chica de no mucho más de 20 años. Era de contextura pequeña y de pocas curvas. Debía medir cerca de un metro y medio. Vestía un pantalón de jean gastado corto y una remera floreada. Llevaba unas chalas y cargaba una mochila. Lo primero que me llamó la atención de ella fue que tenía el pelo teñido de azul. Su piel estaba levemente bronceada, sus piernas eran preciosas y su mirada de ojos verde intenso como nunca había visto estaba coronada con un piercing en su ceja derecha. No era quizás una mujer por la que la mayoría de los hombres se dieran vuelta al verla pasar, pero algo en ella me atraía mucho. Me quedé observándola mientras buscaba un lugar donde sentarse. Me puse rojo como un tomate al descubrir que nuestras miradas se habían cruzado, ante lo cual, y para mi sorpresa, respondió con una sonrisa segura y seductora. Verla sonreír de esa manera por algún motivo me dio escalofríos y aumentó mi vergüenza. Vergüenza que llegó aún más alto al notar que se acomodaba a mi lado.

Como solía acostumbrar fijé mi vista en el exterior forzándome a no mirarla. A los pocos minutos no pude seguir resistiendo y giré despacio mi cabeza hacia ella, que me devolvió la misma sonrisa de antes. Avergonzado bajé la cabeza encontrándome con sus tersas piernas desnudas y sus pies con las uñas prolijamente pintadas del mismo azul que su cabello. Levanté despacio mi rostro pudiendo observar que llevaba las manos del mismo color que sus pies. Al continuar subiendo volví a encontrarme con su inquietante sonrisa. A pesar del calor que estaba pasando mis cachetes no fueron lo único de mi cuerpo que levantó temperatura.

Antes de retornar mi mirada hacia la calle pude notar que sonreía de nuevo y que se relamió los labios con sus ojos viendo en dirección a la pequeña carpa que se había formado en mis pantalones. A pesar de saber que no era correcto lo único que quería hacer era voltear a verla. Logré contenerme apenas unos segundos antes de girar dubitativo hacia su rostro. Me esperaba nuevamente sonriente. Previo a que escapara otra vez sentí un cosquilleo en mi pierna, justo encima de mi zapato. Me giré lentamente hacia esa zona y descubrí su pie descalzo rozándome sobre mi fina media. Mi corazón comenzó a palpitar a toda velocidad, tiñendo de rojo mis mejillas y aumentando considerablemente el flujo de sangre a mi entrepierna. Su extremidad me acarició disimuladamente desde el tobillo hasta la rodilla, con suaves pinceladas subiendo y bajando por mi pantalón. No me atreví a volver a verla hasta que noté que su pie dejó de rozarme. Unos segundos después ella se levantó de su asiento.

Empecé a seguirla con el rabillo del ojo mientras se dirigía a la puerta del colectivo. A medida que se acercaba a esta mi rostro se alineaba un poco más con el suyo. No dejó de mirarme y sonreír en todo el trayecto. Yo no podía desviar mis ojos de su penetrante mirada. Antes de que el colectivo se detuviera levantó su ceja derecha, con su mirada aún clavada en mí. El piercing que tenía en la misma dotaba al gesto de mayor sensualidad. Al abrirse la puerta empezó a bajar. Me levanté como un resorte y sin pensarlo ni dudarlo descendí detrás suyo.

Giró un segundo su sonriente rostro en mi dirección para después enfocarse en el camino. Yo la seguía a pocos metros. Su andar era lento y seguro. A pesar de dar vuelta en una esquina no dirigió su vista hacia mi nuevamente hasta que ingresó en un edificio. Cuando llegué hasta la fachada de este me detuve. Ella tenía su cuerpo ya dentro del hall y sostenía desinteresada la puerta de vidrio con su mano izquierda, mientras miraba sobre su hombro derecho. Cuando se aseguró que iba a seguirla soltó la puerta y enfiló hacia la escalera. Su departamento estaba al fondo del pasillo del primer piso.

Esta vez no se detuvo al abrir la puerta. Cerré la misma una vez adentro del departamento. Ya estaba sentada en un sofá esperándome. Me miró y levantó la pierna que tenía más cerca de mí. Me acerqué despacio y me arrodillé sin dejar de mirarla a los ojos. Tomé su pierna con una mano y la descalcé con la otra. La escuché reírse mientras acercaba mis labios a sus azules uñas. Gimió despacio luego del primer beso. Caí en la cuenta que era la primera vez que escuchaba su voz. Besé, lamí, chupe y masajeé todo su pie. Los sonidos que salían de su boca se hacían poco a poco más intensos. Lamí toda su planta y sorbí cada uno de sus dedos. Cuando terminé repetí todo con su otro pie.

Luego de algunos minutos separó su pie de mi boca. Se levantó del sofá agarrándome de la cabeza con una mano para ayudarse. Llevó la mano que sostenía mi cabeza al botón del pantalón y la dejó quieta ahí. Cuando no soporté más la expectativa levanté mi vista. Volvió a entregarme su escalofriante sonrisa mientras sus penetrantes ojos verdes miraban hacia su derecha. Recién en ese momento me percaté que tenía agarrado su celular y me estaba filmando. Mi pene, que no se había encogido desde el colectivo, creció con fuerza, llegando a incomodarme e incluso dolerme un poco. Miré fijo hacia la cámara, asegurándome que mi rostro se viera correctamente. Luego volví a enfocarme en su cara. Mordía su labio inferior y tenía nuevamente levantada su ceja derecha. Bajé mi vista hacia su short, que desabrochó despacio. Debió notar mis ganas de conocer la ropa interior que llevaba puesta ya que el cierre lo bajó en forma deliberadamente lenta. Poco a poco fue quedando al descubierto una bombacha rosa con florcitas.

No había bajado sus pantalones más allá de sus muslos cuando sin poder ni querer controlar la tentación acerqué mi nariz a su entrepierna, aspirando por primera vez su embriagador aroma. Inmediatamente después le di un suave mordisco a su zona íntima provocándole una amplia sonrisa y un dulce gemido. Acarició mi cabeza en señal de aprobación y terminó de bajarse el jean. Cuando empezó a bajarse su bombacha mi miembro dio otro brinco, empezando decididamente a dolerme. Moví mi mano para acomodarla, quedando la punta sobre mi pantalón y cubierta solo por mi camisa. Antes de que pudiera acercarme a besar su conchita me frenó con una mano. Volví a mirar a sus ojos que nuevamente señalaban su teléfono. Con mi vista enfocada en el mismo levantó mi camisa y acercó la cámara al excitado pene.

Una vez que soltó mi ropa se sentó al borde del sillón con las piernas levemente abiertas y yo me lancé desesperado a lamerla. Mi lengua recorrió su interior juntando y saboreando todo lo que podía de sus jugos. Primero se rio ante mi reacción y después dio un grito de placer. Ya saciada mi sed desaceleré mis movimientos orales, sin separar mis labios de los suyos por más de un segundo y lamiendo entera su vagina. El cambio de ritmo fue bien recibido y dio comienzo a una serie de gemidos cada vez más largos y de mayor volumen. La música que emitía su boca me pareció el más maravilloso de los sonidos.

Luego de unos minutos comenzó a mover sus caderas al tiempo que me agarraba la cabeza con sus dos manos y me apretaba contra su ser. Concentré entonces mis lamidas y chupones en su clítoris, provocando nuevos gritos de placer y que se agarrara fuerte de mi pelo. A pesar del dolor no estaba en mis planes detenerme. Seguí ocupándome de ella hasta que emitió el grito más fuerte que le había escuchado y sus movimientos cesaron. Una vez finalizado su orgasmo continué lamiéndola provocando nuevos gemiditos y risitas de placer.

Estuvimos así unos minutos. Ella acariciaba mi cabeza mientras yo la besaba y lamía. Poco a poco empezó a mover su cadera nuevamente y volvió a agarrar mi cabeza con firmeza, aunque con menos fuerza que antes. Sus movimientos y sus gemidos también eran más suaves. Su orgasmo fue de menor intensidad aunque un poco más largo. Cuando terminó de correrse me separó despacio.

Me quedé arrodillado a pocos centímetros de ella. Me miraba sonriente, ya no con la sonrisa seductora del colectivo, sino con seguridad y autoridad. Su mirada me recorría de arriba abajo. Se detuvo un segundo en mi erecto pene, todavía cubierto por mi camisa. Quise desviar mi vista pero tomo mi cara con suavidad y me obligó a seguirla. Al llegar a su rostro mordió su labio inferior. Me soltó y cerró sus ojos, dejándome observarla libremente. Respiraba relajada. Su pecho subía y bajaba con armonía. Estaba todavía sentada al borde del sillón con su short y bombacha por los tobillos. A pesar de mi excitación lo único que quería era hundir de nuevo mi cabeza entre sus piernas, saborear su néctar y oír sus dulces gemidos.

Un rato después abrió sus ojos. Su sonrisa se amplió al verme en la misma posición en la que estaba al cerrarlos. En ese momento me dio la orden con las que empecé estas palabras. Saqué mi celular del bolsillo del pantalón y se lo entregué. Dudé un instante si desbloquearlo pero me pareció mejor indicarle la clave.

Acarició mi cabeza y mi rostro. Cuando su mano pasó cerca de mis labios la besé. Se concentró entonces en mi teléfono, olvidándose de mí. Lo manejaba a una velocidad envidiable. La estuve mirando unos segundos, pero la tentación era muy grande como para quedarme quieto. Me acerqué con temor a su ropa y la tomé con cuidado, como pidiendo permiso. Levantó primero una pierna y luego la otra, dejándome terminar de desnudarla de la cintura para abajo. Tomé un pie y comencé a besarlo. Se rio de mis actos pero no me detuvo. La llené de besos desde el empeine hasta debajo de la rodilla. Me pareció en algún momento escuchar mi teléfono sonar, pero estaba tan concentrado en mi tarea que no estoy seguro de haberlo oído.

Cuando iba a comenzar con el otro pie me tomó suavemente de la cara. "desnudate para mi" ordenó una vez que mis ojos y los suyos se miraron. Me paré y sin desviar mi vista desabroché de a poco mi camisa. Mordió su labio cuando mi torso quedó al descubierto. La punta de mi miembro asomaba orgullosa sobre el pantalón. Pasó una mano por mi pecho y luego la llevó a su entrepierna. Introdujo un dedo dentro suyo y empezó a moverlo despacio. Su movimiento era acompañado por suaves gemidos. Su otra mano se dirigió a su pecho y lo apretó con suavidad sobre su remera. Respiraba cada vez más agitada y entrecerraba sus ojos. La miraba hipnotizado, pensando en lo perfecta que era.

"Seguí" la escuché decirme, sobresaltándome al oírla y saliendo de mi trance. Sonreía divertida, sin un ápice de enfado. Me saqué la camisa sin dejar de mirarla. Desabroché lentamente el cinturón y con la misma velocidad el botón del pantalón. Ella sonreía y seguía acariciándose sin perder tampoco detalle de mis movimientos. Bajé mis pantalones hasta los tobillos y en ese momento me di cuenta que no me había sacado los zapatos. Su sonrisa se amplió al verme, lo cual hizo que me pusiera rojo de vergüenza y bajara mi mirada al piso.

Al notar mi distracción llevo uno de sus pies a mi entrepierna, generándome un inesperado gemido. Tomé su pie y me agaché a besarlo en señal de agradecimiento. Me incorporé despacio mirándola a los ojos. Ella cruzó sus piernas y apoyo su rostro en una mano. Pisé alternativamente el talón de mis zapatos para descalzarme. Me deshice después de mi pantalón. Respiré profundo y empecé a bajar mi calzoncillo. Sonrió de oreja a oreja al ver mi miembro salir disparado en su dirección a medida que mi ropa interior descendía.

Aprovechando que tenía que levantar mis pies para sacar mi bóxer completamente quité también mis medias. Cuando terminé de desnudarme me indicó que me acostara en el piso boca arriba. El placer que recibí al sentir su pie rozar mi pene provocó un fuerte gemido en mi y una nueva risa en ella.

- Mirate – empezó a decir mientras me filmaba nuevamente – totalmente sometido a una adolescente que podría ser tu hija – su pie comenzó a moverse sobre mi miembro y yo reaccioné con un nuevo gemido – una nena que todavía usa bombachas con florcitas – sus humillantes palabras no hacían más que aumentar mi excitación – entregado a mí antes de que siquiera te haya dicho una palabra – apretó mi pene entre sus dos pies y me pajeó con estos – tan mío que a pesar de estar más caliente que lo que alguna vez estuviste te vas a contener – afirmé moviendo mi cabeza – y solo vas a acabar – aceleró sus movimientos – cuando te lo ordene – gemí más fuerte de lo que había gemido en mi vida – sin importar las ganas que tengas de eyacular – empecé a transpirar y a mover mi cadera al ritmo de sus pies – aguantando más de lo que creías que sos capaz porque yo así lo deseo – respiraba cada vez más agitado – porque te entregaste a mi sin que te lo pidiera – dejó quieto un pie y puso mi miembro entre el pulgar y el índice del otro, subiendo y bajando por mi tronco – y mis deseos son más importantes que tus necesidades – mi pene vibraba y dejó escapar líquido pre seminal, que utilizó para lubricarlo – vas a aguantar un poco más – volvió a masturbarme a toda velocidad con sus dos pies – todavía no – sentía el semen acumularse en la punta y hacer presión para salir – solo cuando esta joven quiera – gemía cada vez más fuerte y me concentraba en no acabar – Esta pendejita que solo con su mirada y su sonrisa te hizo más suyo que lo que ninguna mujer quiso, pudo o supo – me presionó con los dos pulgares y de nuevo colocó mi aparato entre dos de sus dedos – esta nena a la que pertenecés – me miró a los ojos y levantó su ceja derecha – correte para mi.

Un chorro de semen salió de mi pene inmediatamente. Exploté solo con oírla. Todo mi cuerpo convulsionó mientras un gemido gutural salía de mi boca. Fue la eyaculación más potente y abundante que jamás he tenido. No paraba de gemir y expulsar mi semilla y ella no paraba de masturbarme con sus pies. Cuando sentí que estaba acabando busqué a tientas sus pies. Apenas encontré el primero lo lleve a mis labios y comencé a besarlo entero. Ella recogió parte de mi corrida con el otro. Lamí y tragué todo lo que había en su planta y entre sus dedos. Mientras hacia eso repitió la operación con su otro pie. Estuvimos alternando ambas extremidades hasta que terminé de limpiar todo lo que había ensuciado. En ese momento se arrodilló con su sexo a la altura de mi boca mientras sostenía mis muñecas pegadas al piso. Le agradecí antes de volver a hundir mi ansiosa lengua dentro suyo.

Después de correrse se quedó unos minutos encima de mí descansando. Luego se levantó y me ordenó que me vistiera. Al regresarme mi celular vi que tenía dos mensajes de alguien agendado como "mi diosa". Sonrió cuando volteé a verla. Me dijo que podía quedarme los vídeos y pajearme con ellos cuanto quisiera. También me indicó que me fuera y que si la próxima vez que nos encontráramos volvía a seguirla sería suyo para siempre.

Salí confundido del departamento. Lo único que quería en ese momento era arrodillarme a sus pies y ella parecía querer lo mismo. Sin embargo me había echado, dándome la oportunidad de escapar.

Llegué a mi casa 2 horas más tarde que de costumbre. Mi mujer apenas si me preguntó que había pasado, más por cortesía que porque realmente le importara. Le contesté una mentira poco elaborada que ni se molestó en cuestionar. A la noche me masturbé recordando lo vivido y cuando mi esposa ya dormía me armé un bolso que escondí al fondo de un armario.

Me costó dormir esa noche. Me la pasé dando vueltas en la cama más caliente de lo que recuerdo alguna vez haber estado. El pudor me impedía masturbarme con mi esposa al lado o levantarme para hacerlo. Lo hice minutos después de que sonara la alarma, pero esto no apaciguó mi interior. Esperaba encontrármela nuevamente ese día, pero eso no sucedió. Tampoco nos encontramos al día siguiente ni al siguiente.

Durante días salía de mi casa con la esperanza de verla subir al colectivo. A pesar de tener su teléfono no me atrevía a contactarme. Aguardaba expectante que ella lo hiciera o ver su cabellera azul asomarse por la escalera del autobús. Todas las noches veía los vídeos y la recordaba.

Pasó una semana y no tuve noticias suyas. El fin de semana fueron los días más tortuosos. Sin la ilusión de poder verla y sin la distracción del trabajo. Me pasé los dos días encerrado. No quería caer en la tentación de ver los vídeos pero lo hice repetidamente cada día.

Ese lunes el enfado y la humillación que sentía hicieron que no me masturbara en su honor. El martes estaba tan caliente que me fue imposible evitarlo. El miércoles, cuando comenzaba a perder la esperanza la vi. Todos mis sentimientos negativos se esfumaron en cuanto observé que me buscaba con su mirada aún antes de terminar de subir al colectivo. Vestía un jean y una musculosa blanca que la cubría justo hasta el ombligo. Debajo de esta asomaba una fina cadenita plateada. Apenas me miró mientras subía. Después se sentó al otro costado de mí, a pesar de haber lugar al lado mío. Me ignoró todo el camino. Yo no paraba de mirarla, desesperado por que dejara de ignorarme. Al acercarnos a su parada se levantó de su asiento y ahí si buscó mi mirada con la suya. Arqueó su ceja cuando nuestros ojos se encontraron y volvió a fijar su atención en la calle. Me paré inmediatamente, al igual que la vez anterior, y, como un perrito faldero la seguí a su departamento.

Autor el otro YO publicado tambien en cuento relatos .com