jueves, 4 de abril de 2024

la cafetería

Mientras caminaba hacia la cafetería con mi amiga, recordé la historia que le había contado a mi Amo.

Me visualizaba a los pies de una Domina.

Si algo me excitaba eran las humillaciones. Pensaba en una junto con otro esclavo.

El se bajaba el pantalón, tenía su polla encerrada en una jaula.

Algo que a mí me volvía loca era chupar pollas. 

Y verla tan pequeña y encerrada, sin posibilidad de poder darle placer, me encantaba.

Mi puterio no servía en aquellas situaciones.

Era una perra en celo, sedienta de polla y sin poder satisfacerme.

Lamía el hierro, deseosa de que me follara.

De que me pusiera a cuatro patas y comportarnos como perros. Algo animal.

Quería verme allí expuesta, humillada de esa manera, sin poder resistirme.

Seguro que mi lengua le volvería loco y le pondría peor de lo que se le notaba que estaba.

Su polla goteando y apretada.

No podía sacar aquella imagen de mi cabeza mientras caminaba.

Mi Amo me había ordenado ir sin bragas.

La situación me tenía mala.

Entramos en la cafetería y nos sentamos en una esquina.

Mi Amo no tardó en presentarse. 

Se dirigió al cuarto de baño.

Disimuladamente le seguí.

Me empujó dentro del de hombres.

Hizo que me desnudara con mi collar en el cuello.

Me senté en el suelo con las piernas abiertas.

Se notaban mis fluidos salir por mi coño.

Un hombre entró y me miró sorprendido.

Acaricie mi coño, de arriba abajo.

Mi Amo no dudó en ofrecerme para que le hiciera una mamada a ese hombre.

Se bajó el pantalón con su polla medio hinchada.

Empecé a chupar desesperada. Necesitaba lamer. Llenar mi boca de leche.

Mi amiga nos pilló, mientras satisfacía con mi lengua, aquella polla. Se quedó mirando.

El hombre giró mi cuerpo y me puso a cuatro patas.

Hundió su polla sin miramientos en mi coño, aunque mi amiga nos estaba mirando de brazos cruzados. Lo hizo violentamente.

Me sentía en celo y necesitaba follar y correrme.

Tiró su leche en el suelo. Se levantó y con su pierna apretó mi cabeza para hacerme lamerlo.

Estaba tan por debajo de ellos. Azotó mi culo.

-Volveremos a vernos.-dijo el hombre.

Le había dejado satisfecho.

Mi amiga dejó que saliera aquel hombre. Se acercó a mí Amo.

-¿Puedo?.-le preguntó.

El asintió.

No creí que supiera lo que estaba pasando.

Propinó un bofetón en mi cara.

-Al suelo.-me dijo molesta.

Instintivamente obedecí.

Me ofreció uno de sus zapatos para que lo lamiera.

Sacó de su bolso una cuerda y ató mis muñecas al techo.

Tomó un flogger y azotó mi culo fuerte.

Dejándolo marcado y rojo.

Azotó mis tetas.

Allí a plena vista de la gente.

Tiró de mí pelo y me hizo mirarla. Su gesto era serio.

Me desató dejándome caer en el suelo.

Mi Amo se acercó y me orinó en la cara.

Ella al verle se apartó sus bragas y me orinó por todo el cuerpo.

Puso su coño en mi boca y empecé a lamerlo.

Mi Amo decidió entonces tomarla y follarla contra la puerta del cuarto de baño.

Delante de mí, haciéndome ver como ambos estaban disfrutando.

Creo que eso le puso cachonda porque le oferto los demás agujeros. Dejó que viera su culo y su boca. 

Mi Amo tomó su culo y hundió su polla en él.

De lo bien que se movía mi Amo gemía como loco.

Se corrió allí dentro, ella me miró, como diciendo he follado con tu Amo y me has visto hacerlo.

Volvió hacia mí y abrió sus cachetes.

-Lame mi culo y masturbate.-dijo ella.

Mire a mi Amo y él asintió.

Le comí el culo, probando los fluidos de mi Amo.

En ese momento sabían tan bien, le folle con mi lengua. Dándole placer. Me masturbaba mientras lo hacía.

No podía controlarme. 

-Correte.-ordenó mi Amo.

Hice lo que pidió. Estaba muy excitada. En cuestión de segundos me corrí.

Llegó otro hombre y me agarró por las piernas.

Me follo allí en el suelo. Restregando mi pelo por mis fluidos. Haciéndome sentir que solo era un objeto de placer.


©dulcelulu

sábado, 5 de agosto de 2023

Suelas Rojas 2 Parte

Suelas rojas 2

8 de la mañana me levante dispuesto a prepararme para aquel sabado que no sabia que me esperaba pero desde luego sabia que tenia que vivirlo.

Me prepare lo mejor que pude, me desnude por completo, mirandome al espejo me aplique una buena crema depilatoria, recorriendo con la paleta todo mi cuerpo intentando no dejarme ningun rincón de el sin crema. Un café mientras dejaba que la crema realizara su trabajo. Cogí la paleta correspondiente para retirar de mi cuerpo todo resto de crema acompañada del vello de mi cuerpo, una buena ducha sin prisas donde con el grifo de la ducha y una esponja me enjabonaba el cuerpo y retiraba los restos que pudiesen quedar. Secandome con la toalla mientras en el espejo comprobaba que no quedaba ningun resto me aplique una crema a base de aloevera para aplicarla por todo mi cuerpo y de esta manera mi piel quedo lisa suave sin restos de una parte de mi cuerpo que para este sabado no iba a ser necesario.

Mientras conducia hasta su casa en mi interior una parte de culpabilidad por lo que iba pero mi deseo de seguir adelante pudo con esa culpabilidad. Tan solo fueron 5km de distancia atravesando una urbanizacion.

Por fin llegue a su casa, me dispuse a llamar al timbre y la puerta se abrio, el estaba alli esperandome e indicandome donde aparcar el vehiculo.

Abri la puerta del vehiculo y mientras me tendia su mano para ayudarme a bajar.

--Buenos dias querida me alegra que hayas decidido a venir.

Sin apenas pensamiento cogi su mano y me deje ayudar:

--Buenos dias. Gracias por la invitaciòn aunque debo decir que no era necesaria la ayuda para bajar del coche.

--Creeme querida lo agradeceras cuando lleves tacones.


Me llevo de la mano hasta la entrada de la vivienda.

--Estas en tu casa, mas adelante te la enseñare, delante a la derecha tienes la habitacion que te interesa.

Entre en ella y estaba decorada claramente con buen gusto pero con ese toque femenino sin abusar de ello algo que te eboca feminidad.

--Nena desnudate quiero ver que base tengo para trabajar.

Casi como si apenas pudiera pensar, mientras el simplemente de pie enfrente de mi yo empeze a desnudarme delante de aquel hombre que apenas conocia, abriendome los botones de la camisa mostrando todo mi abdomen y mis pequeños pechos. Me agache retirandome mis zapatos para posteriormente bajar mi pantalon hasta poder retirarmelo.

Solo me quedaba una prenda por retirarme y lo mire a el, sonriendome.

--Quitatelo tambien no te preocupes pequeña.

Al retirarmelo hasta yo misma me sorprendi ya que tenia una erección y sabia que aun no habiamos empezado.

No queridos no me he equivocado al poner en femenino una combinaciòn de sus palabras con el ambiente hizo que mi ser se sintiera femenina.

Esto es la segunda parte de suelas rojas si lo has leido te agradecira tu opinión, me gusta escribir aunque falta de experiencia puede hacer que sea infumable leerme.

Asi que agradeceria vuestra opinión para poder aprender. Sinceridad sin miedo. 


Vickycross

sábado, 29 de julio de 2023

Suelas Rojas

Llegue a aquella casa en medio del campo, rodeada de naturaleza un lugar bastante ilidico. Aparque la furgona donde me indico el cliente y empeze a solucionar la averia electrica.

Soy electricista y por lo tanto suelo visitar muchos hogares en este caso se trataba de una de las casas que alquilaba uno de mis clientes, el inquilino indicaba que la luz del dormitorio principal no le funcionaba.


El inquilino un hombre alto de pelo canoso y un claro acento aleman me indico donde se encontraba la habitacion y disculpandose me dijo que tenia unas tareas que realizar en el jardin y no podia acompañarme pero me daba libertad para poder moverme por la casa si lo necesitaba.


Procedi a desplegar mis herramientas y averiguar la posible averia para ello vi una puerta que podria ser donde estuviera la caja de cables y por lo tanto el posible problema.

Como la fuy habriendo mi sorpresa al ver lo que se encontraba alli era un maravilloso y gran vestidor casi todo con ropa femenina, mis ojos brillaron en un momento mi profesionalidad cayo y sin poder o querer evitarlo cogi unos zapatos de suela roja, eran negros, suela roja y un tacon de unos 12cm, pense que la mujer que usaba ese vestidor debia ser de buen gusto y elegante.

Me quede absorto en mis pensamientos que no me di cuenta que mirandome se encontraba el inquilino:

---Estoy seguro te quedarian geniales.

Cuando lo escuche me quede tibuteando sin saber como disimular y soltandolos rapidamente, en un intento de disimular le respondi como si de una broma se tratase:

---Jejeje no creo que fuesen de mi numero, quizas la caja de cables este aquí detras.

---Creia que las cajas de cables estaban mas cerca del techo.

Señalando hacia arriba:

---¿ Como esa quizas? Bueno esos zapatos creo que si son de tu numero.

Sorprendido los mire y en efecto eran un 42, no podia ser no es un numero muy femenino.

---Pruebatelos, alegrame la vista y te gustara.

No tuvo que volver a decirmelo para que me los pusiera e incluso me atreviese a intentar andar con ellos aunque estos pasos fueron torpes, me mire al espejo y esos tacones levantaban mi culo y por un momento me hizo verme femenina.

El telefono sono y vi que era mi jefe y volvi a la realidad debia acabar aquella averia y visitar a otro cliente.

Antes de salir el inquilino me dio su tarjeta de visita. Ademass detras estaba escrito:

Te espero el sabado a las 10.

Firmado: Vickycross

martes, 4 de julio de 2023

Vimianzo

El primer sábado de julio no es precisamente el mejor día para visitar Vimianzo, sobre todo para alguien que, como yo, no se siente a gusto en medio de la multitud. Durante todo el día hay espectáculos de tipo medieval, un mercado, música y actuaciones ambientadas en la época medieval. Y el colofón, por la noche, es el asalto al castillo, rememorando el alzamiento del pueblo hacia los nobles en el siglo XV.

Y sin embargo fueron el día y el lugar elegido por el Caballero maravilloso para encontrarnos de nuevo.

Nos saludamos con una sonrisa y un gesto. Él se dirigió con paso firme hacia el castillo, comentando alguna que otra anécdota sobre pasados viajes al lugar. A veces tenía la impresión de que había estado en todas partes y que, además, recordaba con precisión cada detalle de los lugares que había visitado.

Ante mi sorpresa, sacó una gran llave de su bolsillo y abrió un portón que nos dio acceso al interior del castillo. Arcadas y muros de piedra abrazaban las muestras de artesanía del museo en que se había convertido con los años. Mi mirada se dirigió hacia la escalera de madera, tan evidentemente nueva que contrastaba con las paredes originales de la edificación. Subía en una especie de caracol cuadrado, hasta lo alto de una de las torres.

Subimos. Allí apenas se escuchaba la algarabía de la gente que había quedado fuera. Llegamos a una estancia iluminada por una estrecha tronera y que sólo albergaba una silla y una  mesa construídas con la misma madera que las escaleras. Sobre ella había una pequeña bolsa de deporte, negra.

El sonido sordo e inesperado de un petardo me sobresaltó e hizo que él sonriera aún más ampliamente. Se acercó hasta quedar frente a mí. Puso su mano en mi hombro y la fue deslizando hacia mi nuca. Sus dedos quedaron enterrados entre mi cabello. Con suave firmeza, los dobló hasta que atraparon varios mechones de mi pelo y tiró con fuerza, haciendo que mi cabeza se arqueara hacia atrás. Mordió mi barbilla.

Su mano se relajó, volvió a estirar los dedos y la deslizó hasta quedar tras mi cuello. Me sujetó y me guió de esa forma hasta llegar al borde de la mesa, presionándome con ella hasta hacer que quedara doblada sobre la superficie.

Me soltó. Inmediatamente después sentí sus golpes sobre mis nalgas, atenuados por las prendas de ropa que llevaba. Silencio. Quietud. Me tomó por los hombros para indicarme que me levantara. Lo hice. Empezó a quitarme la ropa con calma, muy despacio, dejando cada prenda sobre la superficie de la mesa, hasta quedar completamente desnuda ante él.

Se acercó a la mesa, abrió la bolsa y sacó de ella un ovillo de cuerda de color rojo. Ató cada extremo a una de mis muñecas, quedando un gran trozo de cuerda colgando entre ellas. Como si de una correa se tratara, me guió tirando de ella hacia la tronera. Sobre la abertura había un gancho de hierro forjado, quizás resto de algún pebetero. Pasó la cuerda por él, quedando yo con los brazos ligeramente levantados y frente a la abertura que me permitía ver a la gente que, fuera del recinto, disfrutaba del día festivo. Era consciente que por la distancia y la estrechez de la abertura, nadie podría verme, pero aún así me sentía expuesta, desnuda ante esa abertura, colgando del gancho sin poder taparme.

Giré la cabeza y pude ver que él se había sentado en la silla y miraba hacia mí. Se levantó súbitamente y me dió un golpe fuerte y seco en las nalgas antes de hacer girar mi cabeza hacia el estrecho ventanuco sin vidrio que tenía frente a mí. Entendí el mensaje: mirar al frente.

El día era cálido, pero la combinación de los frescos muros de piedra y la situación en la que me encontraba, hicieron que mi vello se erizara. Estaba nerviosa, pensando que en cualquier momento aparecería alguien para iniciar la preparación del asalto. Por mucho que intentaba hacerlo, no lograba recordar si el Caballero maravilloso había vuelto a cerrar la puerta con llave al entrar o no, me había quedado mirando con fascinación la exposición y el interior del castillo.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que escuché como se levantaba y se acercaba. Pasó la punta de sus dedos por mi espalda, de nuevo. Recorrió la curva de mis pechos, cosquilleó en mis axilas y me liberó de las ataduras. Cogida por el cuello, fui llevada ante la silla, en la que se sentó. Señaló su regazo con un gesto. Entendí perfectamente. Me coloqué atravesada sobre sus muslos, agarrando con mis manos las patas de la silla y apoyando parte de mi peso en las puntas de mis pies. Y entonces empezó. Su mano derecha alternaba caricias en mi cabeza con tirones en mi pelo, cuando no sujetaba con firmeza mi cuello, al mismo tiempo que la izquierda caía, pertinaz, sobre mis nalgas, en una cadencia única que sólo él conocía, alternando intensidades, fuerzas, lugares. Mi piel empezó a cosquillear, a picar, a calentarse, pero él no se detenía. Dedicaba a azotarme la misma concentración que a cualquier otra de sus actividades y tenía muy claro el objetivo a conseguir.

Su mano izquierda abandonó momentáneamente mis nalgas para recorrer mi espalda, presionando las uñas sobre la piel y dejando líneas suavemente rosadas en ella. Un breve descanso antes de volver a azotarme como nunca antes lo había hecho. Apreté los puños alrededor de las patas de la silla y me dejé llevar. La gente, el castillo, el día, todo había desparecido para mí, mi mundo constreñido únicamente a él y a lo que estaba haciendo.

Supe que había acabado cuando sentí la palma de su mano recorrer mi piel que adivinaba de un rojo intenso debido al castigo que había sufrido. La mano que atenazaba mi nuca se dirigió a mi hombro y empujó hacia arriba. Me puse en pie. Él se levantó y fue hacia la bolsa de nuevo. Se sentó y me señaló con la mano el suelo, a su izquierda. Me senté, ligeramente incómoda, cerca de su pierna, sin llegar a rozarla. Al cabo de poco menos de un minuto, su mano se acercó a mi boca, sujetando algo que metió entre mis labios. Sonreí ampliamente al reconocer el sabor del sugus. Y porque eso significaba que él había disfrutado, al menos hasta el momento.

Eché un vistazo rápido y pude ver que tenía un libro en su mano derecha. Se puso a leer tranquilamente, conmigo a su lado, desnuda, intentando refrescar mis nalgas escocidas con el contacto del suelo fresco. Su mano izquierda se colocó sobre mi cabeza, a la que de vez en cuando daba alguna distraída caricia.

Largo rato después, se levantó y extendió su mano hacia mí, ayudándome a levantarme también. Me llevó de nuevo ante la tronera, se colocó detrás de mí y sujetó mis pechos con las palmas de sus manos, como ofreciéndolos hacia el exterior. Volví a sentir la vergüenza y la exposición de antes, pero esta vez acompañada del placer de sentirle pegado a mi espalda, con la seguridad que siempre me ha sabido transmitir.

Se separó e hizo un gesto hacia mi ropa. Mientras me vestía, recogió el libro y la cuerda, cerró la bolsa y esperó pacientemente a que yo acabara.

Bajamos en silencio y salimos (no, no había cerrado la puerta con llave al entrar). La ropa, al rozar mis nalgas, hacía que sintiera un escozor no del todo desagradable. Caminé tras él durante unos minutos, hasta llegar al sitio en que había aparcado el coche. Metió la bolsa en el maletero, se paró ante mí y me besó la frente. Se metió en el coche, lo puso en marcha, bajó la ventanilla y con una risa llena de satisfacción me dijo: "Buenísimas noches, criaturilla!!!"

Una hora más tarde, ya en casa, pude recrearme en lo sucedido, en su sonrisa y su risa, en lo paradójico que siempre era estar con él, esa mezcla de inquietud, vergüenza, excitación y al tiempo paz, tranquilidad y serenidad.

Y me pregunté, como hacía siempre tras cada uno de nuestros encuentros, cuánto de placer, satisfacción y cuánto de retranca había sentido él.

domingo, 25 de junio de 2023

Despedidas

Echo un vistazo a las últimas cajas que quedan en el suelo del dormitorio, haciendo más evidente el vacío que me rodea esta última noche.

La mayoría de mis pertenencias ya están en el que será mi nuevo hogar, sólo queda lo básico para pasar esta noche y esa caja que dormitaba en el fondo del armario.

Me siento en el suelo desnudo, cruzando mis piernas y abriendo con un sentimiento agridulce, las alas de cartón que la mantuvieron cerrada tantos años.

Saco una caja de zapatos. Sonrío al ver los objetos que hay dentro. Un pequeño cilindro de lata, con el dibujo de un monito. La abro para sacar el pañuelo que guarda en su interior. Lo acerco a mi nariz, aún sabiendo que el olor se ha disipado hace mucho tiempo. Me sorprende el latir acelerado de mi corazón, un eco de lo que sentí cuando la caja llegó a mis manos, casi dos décadas atrás. Su olor, su colonia, una parte suya, algo que había tenido entre sus manos y que ahora tocaba yo. Qué tonta, qué maravillosa y estúpidamente tonta era. Pero no me arrepiento, porque disfruté cada momento, bueno y malo, de esa primera experiencia catastrófica.

Un libro de poemas. Un collar de cuero, marrón claro, delgado. Unas revistas con fotos suyas. La de veces que acaricié cada página y cada imagen, para sentirle un poquito más cerca aún.

Vuelvo a meter todo en la caja de zapatos y la cierro. De la caja grande saco ahora otra más pequeña y pesada. La primera era la caja de la ilusión inocente, de la ignorancia. Esta es la caja de la experiencia. No sonrío al abrirla. Un collar grueso, negro, con varias argollas.Una correa corta, haciendo juego, con un lazo en el extremo por el que pasar la mano... o con el que azotar, si fuera preciso. Una camiseta verde, arrugada. Mejor no la acerco a la nariz, porque recuerdo exactamente cómo estaba cuando la guardé. Sólo guardo una imagen, un recuerdo: mi piel marcada.

Una tercera caja, la de los juguetes. Floggers de distintos tamaños y colores, unos para acariciar, otros para azotar. La lengüeta de la fusta que rompió al usarla conmigo. Aún me ruborizo al recordarlo. El pequeño bote de vidrio con las cayenas. Instintivamente me echo atrás al verlas, qué dolor, qué picor, nunca más. Pinzas. Un rotulador indeleble. Más sonrisas, más rubor. Un par de consoladores metidos en sus cajas. Unas bolas chinas negras. Más recuerdos, más sonrisas.

La última caja es la caja del dolor. No tiene juguetes, ni collares, ni parafernalia de BDSM. Tiene una pulsera de cuero color morado. Un ticket de una pizzería. Un cubo de Rubik. Una postal de un paisaje verde, sin escribir. Un reloj de pulsera con la correa medio enmohecida. Un estuche para gafas, vacío. Un trozo de papel. Unas llaves.

Estoy rodeada de mis recuerdos, de mi pasado más cercano. De mis vivencias más extremas, para bien y para mal. Mi piel recuerda mejor que mi memoria. Se me eriza el vello de los brazos y aprieto los músculos de mi vagina. Da igual que ya no exista nada de esto, da igual que esa parte estuviera cerrada durante años, la piel recuerda.

Vuelvo a meter las cajas en la grande. Me quedo mirándola durante un instante, regalándome unos minutos de revivir encuentros. Porque el tiempo ha suavizado lo malo y ha mantenido fresco lo bueno. Porque fue una época en la que me sentí viva, completa, orgullosa. En la que iba por la calle con la cabeza alta, contenta de ser y de sentir lo que era.

Cojo la caja entre mis brazos, casi acunándola y salgo al descansillo. Mientras espero el ascensor, sigo recordando retazos sueltos, conversaciones, caricias, colores y sabores. El hielo, la cera, la vara, su voz al teléfono, sus voces, sus deseos. Las horas de espera.

Salgo del edificio. Es noche cerrada, las farolas alumbran la acera con sus puntos de luz. Me acerco a los contenedores de basura y dejo la caja sobre uno de ellos. La acaricio por última vez, antes de abrir el de al lado y dejarla caer dentro.

Me quedo parada, mirando el contenedor sin verlo, sintiendo que he dejado atrás una parte de mí. La parte que quedará metida en un arcón de mi memoria, en lo más profundo, de donde quizás no vuelva a salir.

La pena me atenaza el corazón y parpadeo para evitar unas lágrimas tontas que asoman tímidamente a mis ojos. Levanto la cabeza y vuelvo hacia el edificio, hacia donde está ese lugar en el que pasaré la última noche de esta etapa de mi vida. Me propongo dejar los recuerdos atrás, como si quedaran metidos también en esa caja de cartón. Y con cada paso que me aleja de ella, voy recomponiendo la máscara de la que será mi vida, la mirada, la sonrisa y el gesto comedido que me acompañarán de ahora en adelante.

jueves, 15 de junio de 2023

Me hace agua 2.0

"Ahora me toca a mí"... esas palabras permanecieron suspendidas entre ambos, unos segundos. Su tono era serio, casi frío. Aunque, la verdad, con él nunca se sabía. Le gustaba mucho jugar al despiste, la ironía, la retranca gallega. De todas formas, pronto sabría.

El silencio se alargó. Cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación de paz que siempre aparecía en los silencios compartidos. Me sobresaltó ligeramente el sonido que hizo al desplazarse. Miré de reojo y vi que se había sentado en el borde de la cama. Esperé.

"Ven"

Me levanté, notando las piernas un poco rígidas. Me acerqué hasta situarme frente a él, la mirada baja. Él tomó mi mano y tiró de mí hacia abajo, al tiempo que con la otra volvía a subir mi falda por atrás. Lo entendí perfectamente y me coloqué boca abajo, sobre su regazo.

Apoyó la palma de una mano sobre mi nuca y la mantuvo ahí, como si la hubiera colocado sobre un reposabrazos. Después de un rato, sentí sus dedos internarse entre mi pelo, las yemas acariciando mi cabeza, suave y lentamente. Sonreí de puro placer. Deslizó la mano hacia abajo, por la parte posterior de mi cuello y después resiguiendo mi columna, por encima de mi blusa. Y después hacia arriba de nuevo, hasta encontrarse de nuevo con mi cabello. Pero esa vez no hubo caricia suave, esa vez tomó un mechón en su puño y apretó, tirando de él con firmeza, haciendo que mi cabeza se levantara con cierta brusquedad. En esa postura, sentí su mano libre posarse sobre mi trasero expuesto. Metió la palma de la mano entre mis piernas, que quedó tan pegajosa como estaban mis muslos después de "mi regalo".

Frotó la mano sobre mi trasero, como si quisiera limpiársela. E inesperadamente, el primer azote. La sorpresa me hizo respingar y sentí el tirón de mi pelo, a pesar de que él no había movido esa mano. Una caricia hacia mi cadera, un ligero pellizco, lo suficiente para dejar una marca rosada y otro azote. Esta vez no moví la cabeza, pero fue él quien tiró un poco más de mi pelo. Me soltó, con brusquedad, para colocar la mano en la parte trasera de mi cuello.

Sentía su mirada de una forma casi física. Esperaba, no sabía el qué. Y llegó. Una lluvia de azotes, metódicos, fuertes, sonoros, con una cadencia lenta pero continua, de quien sabe lo que quiere y cómo lo quiere. Su respiración se agitaba por momentos, al compás de los golpes. Su mano férrea apretando ligeramente mi cuello, la otra coloreando mi piel, despertando el picor de los golpes, calentando mi cuerpo.

Todo terminó tan repentinamente como había comenzado. Sentía mi culo caliente, muy caliente. Me soltó y me empujó con suavidad hacia el suelo, donde quedé medio tumbada, a sus pies. Se inclinó hacia adelante, pasando su mano sobre mi cabeza, murmurando "criaturilla".

Sonreí de oreja a oreja, como él sabía que sucedería.

"Vamos!" Por el tono en que lo dijo, entendí que era hora de recoger e irnos. Me puse en pie, arreglé mi ropa lo buenamente que pude, me puse las bragas, tomé el bolso... él esperaba junto a la puerta. La abrió para que saliera. En el pasillo, antes de volver a cerrarla, echó un vistazo al interior y murmuró "Sí, una buenisima tarde!!!". Sonriente, con el calor de sus manos aún en mi piel, me despedí en ese pasillo de hotel, diciéndole "Es usted maravilloso"

martes, 13 de junio de 2023

Me hace agua

Me preguntó qué quería como regalo de cumpleaños. Cuando se lo dije, se sorprendió y sus labios se curvaron en una de esas sonrisas suyas tan pícaras. Algo se le había ocurrido, lo cual era bueno porque significaba que posiblemente me concediera mi deseo, pero no dejaba de ser preocupante la divertida malicia de su mirada.

Y sí, tras sopesarlo detenidamente, accedió a regalarme lo que le había pedido. Pero con condiciones, sus condiciones. Había transformado mi regalo en una especie de reto. Y me conocía lo suficiente para saber que no me iba a arredrar ante ello.

Esa tarde, al entrar en la habitación del hotel, le encontré desnudo sobre la cama, esperando. Sentí una pequeña punzada de decepción al darme cuenta de que me había privado de "desenvolver" mi regalo, de disfrutar el desnudarle poco a poco, sustituyendo el roce de las prendas por caricias de mis manos. Y usted lo notó, porque sabe leerme mejor que nadie. Una pequeña victoria para usted.

Cogió el teléfono que estaba sobre la mesilla de noche y puso la alarma para una hora más tarde. Mi regalo, esa hora de poder disfrutar de usted a mi manera, había empezado.

Me acerqué a la cama y me arrodillé. Tomé su mano izquierda entre las mías y froté mi mejilla sobre su palma, con los ojos cerrados, con un carrusel de imágenes y recuerdos: esas manos acariciando mi pelo, a veces transformadas en un puño que me tiraba de él, suave pero firmemente. Esas manos que comprobaban si realmente me hacía agua, rozando mi entrepierna y hozando a veces con suavidad, a veces con dureza, comprobando, aunque ya lo sabe, que ante su presencia, me vuelvo de agua. Esas manos hábiles a la hora de azotar, acariciar, abofetear, sostener, apretar, marcar.

Con un leve suspiro dejo su mano y me levanto del suelo, para sentarme a su lado, en la cama. Empiezo a explorarle. Comienzo, cómo no, por inclinarme hacia su cabeza y atrapar el lóbulo de su oreja entre mis labios, succionando. Es lo más cercano a un beso que puedo darle, pues lo prohíben sus normas para este encuentro. Siento el roce suave de su barba en mi cara y con cada inspiración me voy llenando de su olor y lo disfruto. Mucho.

Dedico los siguientes minutos a recorrer su cuerpo. A tocar, rozar, lamer cada cicatriz, cada marca, cada pliegue. A veces me inclino y atrapo un pequeño pellizco de piel con suavidad entre mis labios, dejando que mi lengua aletee sobre él. Su sabor. Sus sabores.

Mi mano desciende hacia su pubis. No, no es lo que usted espera. Quiero comprobar algo que espero funcione. Mi dedo índice se desplaza hacia su ingle, recorriéndola, buscando el punto exacto donde apretar y acariciar. MIentras lo hago, no despego mi mirada de sus ojos. Al cabo de unos segundos, encuentro el lugar. Humedezco la yema de mi dedo con mi saliva y vuelvo a llevarlo a ese lugar. Y presiono levemente, al tiempo que acaricio esa dureza semioculta bajo la piel. Observo su mirada de sorpresa y siento un instante de plena felicidad al ver que desconocía ese punto tan placentero de su cuerpo. Sigo frotando y presionando, a veces con suavidad, lentamente, para pasar a hacerlo de repente con más rapidez. Su respiración se agita y sus caderas se retuercen un poco hacia mí. Sé exactamente lo que está usted sintiendo. Esa ansiedad, esa necesidad sin nombre, intensa.

Aparto mi mano y sigo explorándole, bajando por su pierna, rozando sus pies, que me encantaría besar, pero que no puedo. Subo por la otra pierna hasta llegar a la ingle y encontrar el punto simétrico al que he acariciado. La reacción es más suave en ese lado. Anoto mentalmente que el lado izquierdo es el más sensible. No creo que vuelva a tener otra oportunidad como esta, pero por si acaso...

Me pongo de pie, coloco la segunda almohada bajo sus caderas, para que queden ligeramente elevadas. Un vistazo al reloj del móvil me indica que me he pasado más de la mitad de mi tiempo recorriéndole.

Me quito las bragas y subo mi falda hasta la cintura. Me pongo a horcajadas sobre su cuerpo, apoyada en mis rodillas. Mi mirada busca la suya. Desciendo suavemente, buscando el roce con su pubis. Me inclino hacia adelante, apoyándome en mis manos. A cuatro patas, como a usted tanto le gusta tenerme. Mi cabeza desciende hacia su pecho. Atrapo un pezón entre mis dientes y tironeo de él, mientras mis caderas siguen acariciándole, rozándole. Pienso que ojalá le hubiera pedido algo más de tiempo pero es demasiado tarde para eso. Me separo de su pecho, a desgana. Mi mirada vuelve a buscar la suya. Introduzco una mano entre mis piernas, para guiarle hacia la entrada de mi cuerpo. Sólo tengo que moverme hacia abajo y estará dentro de mí. El impulso de empalarme es casi inevitable, me estremezco y me niego ese placer. Sólo entra la punta, provocando ese cosquilleo tan familiar, ese prurito que sólo se calma con sus embates. Me muerdo el labio inferior. Y comienzo a bajar, despacio, muy despacio. Siento el roce de piel contra piel. Esa deliciosa dureza que me lleva al borde de lo que sería mi primer orgasmo, pero que tengo prohibido. Otra de sus normas para este encuentro.

Usted lee en mí con total facilidad, ha sido así desde el primer momento. Y sabe lo que estoy sintiendo, sabe la lucha que tengo conmigo misma para mantener el control y no dejarme llevar.

Cuando está dentro por completo y sin apartar mi mirada de la suya, le aprieto por dentro, cálida, húmeda. En ese instante me concentro en darle todo el placer que me sea posible. Muevo ligeramente mis caderas en círculo, en un intento que espero no sea en vano, de aumentar sus sensaciones. Sin dejar de apretarle, levanto mi cuerpo, para que la presión le recorra de la base a la punta. Relajo mis músculos y esta vez, sí, nada de suavidad, me empalo sobre usted con un único y firme movimiento. Sus labios se separan y jadea levemente. Mis caderas se mueven adelante y atrás, con una cadencia lenta.

Con un sordo gruñido, levanta su torso hacia mí y sus manos levantan mi blusa y sacan mis pechos por encima del sujetador. Se aferra a ellos con intensidad. Sé que me dejará la marca de sus dedos en mi piel. Otro regalo que me hace. Aprieta mis pechos y pinza con sus dedos mis pezones, lo cual hace que mis movimientos se aceleren ligeramente. Nuestras miradas parecen mantener un duelo, que sé perdido de antemano. Usted celebra mi derrota cogiendo mis caderas y marcando el ritmo que desea. Me muevo sobre usted cada vez más rápido. Me cuesta no dejarme llevar, una lágrima se desliza por mi mejilla. Usted jadea y gruñe, música para mis oídos, mientras sus dedos se clavan en mis caderas, exigiendo lo que sabe que sólo es para usted, tomando lo que es suyo. Muerdo con más fuerza mi labio inferior a la vez que aumento el ritmo de mis movimientos. Con un gruñido sordo, levanta sus caderas y empuja las mías hacia abajo, vaciándose en mi interior.

No quiero separame aún. Pero mi sexo boquea, deliciosamente frustrado, y noto cómo el suyo se desliza fuera de mí, húmedo y ahíto. Y ese roce inesperado casi provoca que me corra. Me estremezco con fuerza y reprimo el placer.

Me quedan sólo cinco minutos. Voy al baño y vuelvo con dos toallas, una humedecida y la otra seca. Paso la toalla húmeda por su cara, refrescándole. Bajo por el pecho y limpio su pubis con delicadeza, con mimo, antes de secarle.

Dedico los últimos segundos de mi regalo para volver a rozar la palma de su mano con mi mejilla. Suena la alarma. Me arrodillo, sentada sobre mis talones, al lado de la cama. Escucho sus movimientos al levantarse y alejarse hasta el cuarto de baño. Oigo correr el agua. Vuelve a la habitación, se viste. Mi mirada sigue baja, fijada en el suelo.

Se para ante mí. Veo sus pies. Se inclina y levanta mi cabeza, empujando mi barbilla hacia arriba con un dedo. Siento que me sonrojo y me cuesta mirarle. Acerca su cara a la mía, sonríe con esa sonrisa pícara y maliciosa tan suya y me dice: "Ahora me toca a mí"