sábado, 7 de septiembre de 2019

Dualidad

Estoy cansada, me empieza a doler un poco la espalda y las bolsas de la compra parecen pesar cada vez más. Pero ya falta poco, ya casi he llegado, unos pocos pasos más y podré dejar la carga sobre la mesa.

Deposito las bolsas sobre la mesa de la cocina, con cuidado para que ninguna vuelque y se desparrame el contenido. Por supuesto, una se cae y por supuesto, es el que tiene los productos más frágiles. Cierro los ojos durante unos segundos antes de ponerme a recoger lo que ha caído.

Saco la compra, producto a producto, colocándolo en su sitio. Noto cómo mi pulso se va tranquilizando, el sudor se va secando haciendo que algún pelo se me quede pegado a la frente. Mientras guardo las cosas, de forma casi automática, pienso en lo mucho que me gustaría darme una ducha y después tirarme en cualquier sitio a leer tranquilamente. Pero no puede ser.

Hago una lista mental de tareas pendientes y el orden más práctico en que realizarlas. Poner la lavadora y mientras se lava la ropa, ponerme con la comida y después tender la ropa, poner la mesa y esperar a que lleguen para comer. Después de la comida, recoger y fregar y entonces... oh, entonces la ducha.
 
Antes de quitarme la ropa, me regalo un minuto entero de silencio. Nadie en casa, nada urgente que hacer, tiempo para mí.

Veo de soslayo mi imagen reflejada en el espejo del dormitorio. Una mujer de mediana edad, como cualquier otra, con aspecto cansado, sin ningún rasgo en particular, como hay tantas y tantas por las calles de la ciudad.

Voy quitándome la ropa, prenda a prenda, dejándolas caer en el suelo, con la mirada fija en el diminuto cubículo de la ducha. Está todo en penumbra, pero no enciendo la luz. Me meto dentro y abro el grifo, apartándome de las frías gotas que salen de la alcachofa. Mis pezones se erizan al ser salpicados por algunas de ellas. Miro hacia abajo, una gota enorme deslizándose por la piel de mi pecho... y sonrío al recordar que, no hace muchas horas, ese mismo recorrido lo hizo una gota de cera caliente, solidificándose sobre mi piel, seguida de otra y otra más. Recuerdo haber levantado la vista y haber visto su cara, concentrada, siguiendo también el camino de cera en mi pecho y su sonrisa. En esos momentos yo no era una mujer de mediana edad, una de tantas. En esos momentos yo era un lienzo en blanco, una posesión, una fantasía realizándose. Era la otra cara de la moneda, la cara oculta que sólo sale ante él, con él y para él.

Me coloco bajo el chorro de agua templada, recorriendo mi cuerpo con la esponja enjabonada, dejando que los recuerdos afloren con cada roce. Aquí me azotó, pienso, hasta que sentí la piel ardiendo de calor. Aquí me pellizcó antes de pinzarme (cómo dolía al principio... y al sacarlas). Aquí me mordió hasta casi dejarme una marca. En este otro sitio me dejó una pequeña marca, un punto rojo que con el tiempo se puso negro y que no dejé de ver ni un solo día hasta que desapareció por completo.

Reparto el champú por mi cabello, recordando su puño agarrando mis mechones con fuerza, dirigiendo mi cabeza... Deslizo mis dedos por los laterales de mi cuello y me parece oler aún el cuero de mi collar, el collar que me pone en cada encuentro, que tengo oculto en las profundidades del armario, esperando el momento de sacarlo y ofrecérselo.

No, definitivamente ahora no soy una anodina mujer de mediana edad. Ahora soy... ¿qué soy?. Soy suya.


lunes, 2 de septiembre de 2019

s el Jefe



Levanto los ojos del informe que he estado leyendo. El caro reloj que llevo en mi muñeca derecha, regalo de mi esposa en nuestro último aniversario, marca las doce y media. Llevo en la oficina casi seis horas y esta es la primera pausa que me permito hacer.

Soy exigente con mis subordinados, pero no les pido más de lo que yo mismo hago. Siempre soy el primero en llegar y el último en irme. Sé que no soy apreciado entre ellos, me llaman "el cara de perro". Me da igual que me pongan motes, siempre y cuando cumplan sus obligaciones de la mejor forma posible.

Hace mucho tiempo tuve que decidir entre la simpatía de los demás o la eficiencia. Elegí esa última, ese es mi trabajo: mantener la maquinaria de la empresa perfectamente engrasada, a nivel burocrático y económico. Soy duro, las lágrimas no me conmueven y las excusas me irritan. También me considero justo. Escucho con la mayor ecuanimidad posible y decido lo más imparcialmente, teniendo siempre en cuenta el beneficio empresarial.

Me gusta llegar a mi despacho y encontrar las cosas como deben estar. Orden, pulcritud y eficiencia. En mi hogar espero lo mismo, salvando las distancias. Mi esposa es una mujer elegante, culta y que sabe exactamente lo que espero de ella. Nuestra relación es estable y su comportamiento en sociedad complementa perfectamente el estatus económico que le proporciono a nuestra hasta ahora pequeña familia.

Hay quienes me consideran frío. Yo prefiero definirme como pragmático y lógico. Me gustan las cosas bien hechas y para que estén así, he de tomar yo las riendas y sacar de cada una de las personas que me rodean, lo mejor de sí mismas.

Llevo una semana de trabajo intenso. Es la época del año en que todo parece acumularse y el volumen de papeleo en lugar de decrecer, aumenta sin parar.

Me doy cuenta de que llevo unos minutos sin hacer nada, con la cabeza fuera del informe. Quizás es el momento de tomarme un descanso, de hacer una pausa para después volver con fuerzas renovadas.

Así que tomo mi móvil, marco un número y acuerdo una cita para esa misma tarde, a primera hora. Es el momento perfecto, justo después de comer, cuando aún no comienza al menos oficialmente, la jornada vespertina.

Me quedo un par de segundos mirando la pantalla oscura de mi teléfono, mientras siento cómo un escalofrío recorre mi espalda y me tenso ligeramente. Pero he de dejar de lado todo pensamiento ajeno a mi labor, o las horas que me quedan por delante no serán muy fructíferas.

Llamo a mi secretaria para que concierte citas a lo largo de la semana y para convocar una reunión con los jefes de sección al día siguiente. No es necesaria, pero sé que así apretarán un poco más las tuercas con vista a presentarme unos buenos resultados. Me resulta cansino el tener que echar mano a este tipo de acciones para lograr algo que debería ser básico. Este pensamiento no hace que me ponga de mejor humor, precisamente. Tras frotarme durante unos segundos el puente de la nariz, vuelvo a sumergirme en el informe, tomando notas de cuando en cuando.

Sigo inmerso en mis cifras, cálculos y diagramas hasta la hora de comer. Tengo una especie de alarma mental que salta al llegar las horas en que tengo algo programado.

Me levanto de mi silla, reordeno unas cuantas cosas, recojo el móvil, la chaqueta y la cartera y salgo de la oficina.

Con la mente puesta en la cita que tengo en los próximos minutos, en lugar de ir al restaurante en el que como todos los días, entro en una pequeña cafetería, donde pido un café con leche y un zumo, prácticamente un desayuno en lugar de una comida, pero por experiencia sé que es mejor así.

No sé qué me ha pasado. Cuando vi el reloj, era mucho más tarde de lo que pensaba. Yo, que jamás llego tarde a ninguna parte. Me enfado conmigo mismo, con mi torpeza y mi corazón se acelera al pensar en su reacción cuando llegue unos minutos tarde a la cita.

En el taxi, mis pies se mueven sin cesar, como si así pudiese aumentar la velocidad del vehículo o evitar los parones ante semáforos y cruces. Veo una y otra vez el reloj. El tiempo parece volar, es casi imposible que sea tan tarde. Me pongo más y más nervioso.

Bajo del taxi, arrojando al conductor un billete que cubre con creces el importe que marca el taxímetro y corro hacia el portal. Timbro en el telefonillo, intentando estabilizar mi respiración. Pasan unos agónicos y eternos segundos en los que me convenzo que la tardanza ha sido imperdonable y no me abrirán. Pero finalmente, escucho el zumbido que hace que la puerta se abra con la presión de mi mano.

Ni me planteo utilizar el ascensor, al ver que no está en la planta baja. Doy un manotazo al interruptor de las luces y empiezo a subir las escaleras de dos en dos, con toda la velocidad que puedo imprimir a mis largas piernas.

Cuando llego al cuarto piso, estoy jadeante. La puerta de acceso al inmueble está entornada, como siempre. Cuelgo la chaqueta en el respaldo de una silla que hay junto a la puerta. A continuación me descalzo y me quito los calcetines, metiendo cada uno de ellos en su correspondiente zapato. Siento los latidos de mi corazón en el pecho, en mis oídos, en mis sienes y sé que no es todo fruto del esfuerzo físico de subir corriendo las escaleras.

Los botones de la camisa me retrasan considerablemente. Me doy cuenta de que el sonido que reberbera en mi cabeza son mis propios gruñidos de exasperación. Escucho unos pasos en una habitación cercana y mis temblores aumentan. Me saco la camisa como si fuera un jersey, por la cabeza y la dejo caer en el asiento de la silla. Los pantalones la cubren inmediatamente, seguidos por los calzoncillos.

Voy casi volando, guiado por el sonido de los pasos. Inspiro profundamente, abro la puerta y me dejo caer a cuatro patas, con la cabeza gacha, mirando al suelo. Los pasos cesan y veo las punteras de unas botas negras. Una de ellas roza mi barbilla y me obliga a levantar la cabeza. Y la veo. Enfadada. Y con motivos. Siempre igual, siempre llego tarde. Y ella es sumamente estricta, exigente, deja muy claro cómo quiere las cosas. Y siempre, por un motivo u otro, meto la pata, llego tarde, me equivoco.

Y a ella no le queda más remedio que castigarme. Que mostrarme tal cual soy, una piltrafilla sin seso, incapaz de hacer algo tan sencillo como llegar a mi hora. Y además de tarde, llego sudoroso, tembloroso y atontado. Ella corregirá mis faltas. Me enseñará a ser mejor, a dar más de mí, a esforzarme.

Mantengo la postura y veo cómo se aleja. Elige la vara que más le gusta y se acerca a mí, con el ceño fruncido, diciendo que va a tener que aplicarse más aún para dejarme claras las nociones básicas de la buena educación. Le había hecho esperar y ahora iba a pagar por ello.

Le gusta caminar a mi alrededor y dejar caer los golpes cuando menos lo espero. Le gusta escuchar mis gemidos de dolor. Le gusta escuchar cómo suplico, cómo prometo, cómo me humillo.

Escucho el familiar silbido en el aire unas décimas de segundo antes de sentir el golpe. No duele, al menos en ese momento. Sientes el contacto de la vara en la piel y piensas "no es para tanto" e inmediatamente después, empieza el escozor. Los dos o tres primeros golpes son así, como con un leve retardo. Después el dolor parece incluso adelantarse al varazo. Nunca sé exactamente en qué punto empiezo a lagrimear. Ni cuándo empiezo a pensar que no voy a soportar un sólo golpe más.

Pero ella sí lo sabe. Parece conocer mi cuerpo y mi mente mejor que yo mismo. Y juega con ese conocimiento. Jamás traspasa el límite, pero tampoco para hasta llegar a él. Y el límite cada vez se mueve un poco más allá...

Se aleja de nuevo. Parpadeo y siento una lágrima deslizarse por mi mejilla sonrojada. Mi nariz gotea levemente. Hoy volverá a llamarme mocoso y llorica. Cierro los ojos con fuerza.

Lo siguiente que siento es un tremendo golpe en mi mejilla izquierda, tan fuerte que hace que me tambalee y sienta como si mi cabeza fuera a salir volando. Mierda. No puedo cerrar los ojos si no me lo ordena. ¿Tan complicado es recordar que sólo tengo que hacer lo que me pide?.

Me dice que me ponga de rodillas. Lo hago. Se coloca frente a mí y empieza a abofetearme con saña, recordándome mi error, mis torpezas, mis malas costumbres, llamándome inútil. A cada golpe, he de darle la razón y agradecérselo. Y lo hago de corazón. Soy torpe, cometo errores, soy un inútil, incapaz de obedecer cosas tan simples como no cerrar los ojos si no es para parpadear.

Me coge por el pelo y me lleva medio a rastras hasta el sofá. Me suelta, se sienta y señala su regazo. Me levanto, con la cabeza gacha y me coloco a través. Como me ha dado con la vara, supongo que ahora me reconfortará y me aplicará una de las cremas que tiene a mano, sobre una discreta mesita auxiliar.

Así que me dejo hacer. Siento las palmas de sus manos recorrer mi espalda, con leves caricias que me provocan estremecimientos. Sus dedos recorren las líneas de los varazos, que ahora estarán rojizas y virarán a morado con el paso de las horas. Espero sentir el frescor de la pomada sobre ellas, tarda.

Otra tanda de caricias. Algo va mal. No es normal. Y sin esperarlo, me clava las uñas en las nalgas, arañándolas, aumentando el dolor y el escozor que aún siento en la zona. Aúllo. Ella se ríe sarcástica, sabe que no es lo que esperaba, que mi queja es más por la sorpresa que por el dolor.

Me da unos azotes suaves y después sí, unta la zona con la fresca crema que alivia en parte mi sufrimiento. Me relajo. Me mima, me susurra palabras casi sin sentido, me arrulla con su voz, me recrimina con suavidad, me hace promesas de futuro...

Me siento laxo, vacío, descansado, feliz. Me dejo hacer. No he de tomar decisiones, no he de pensar, nadie depende de mí. Sólo me dejo hacer, sin más. Es un descanso físico y mental. Es cuando me puedo relajar, ser yo, olvidar todo y a todos y sólo sentir.

Una vez ha tratado mis marcas con la pomada, me empuja suavemente la cadera para que resbale al suelo, levanta mi cabeza con la yema de dos dedos y limpia mi cara con una toallita húmeda, despacio, suave y cariñosamente. Me sonríe y deja un beso en mi frente, antes de levantarse y salir de la habitación.

Apoyo mi cara en el asiento, aspirando su olor con fuerza, sintiendo el calor que ha dejado su cuerpo en él. Es de estos momentos robados a mi vida de donde saco fuerzas para seguir, es lo que me impide explotar, estas horas en las que yo sólo soy lo que ella quiere que sea, sin más.

Afortunadamente mi cuadriculada vida me permite calcular mis visitas de forma que la intimidad con mi esposa (que, de todas formas, tiene lugar en total oscuridad), no delate estos desahogos puntuales.

Me levanto despacio, consciente como nunca de mi cuerpo. Voy desnudo hasta el recibidor, donde siguen mis cosas tal cual las he dejado. Me visto, transformándome con cada prenda en el hombre serio, frío, seguro de sí mismo, dominante, exigente e incluso temible.

Bajo en el ascensor y paro el primer taxi que pasa. Doy la dirección del edificio de oficinas. Subo hasta mi despacho, caminando con la seguridad de siempre. Las charlas se apagan a mi paso, la gente agacha la cabeza y deja de lado conversaciones banales para dedicar toda su atención al trabajo. Saben lo mucho que me fijo en esas cosas y que pueden tener consecuencias.

Llego y me siento, sintiendo un leve dolor al hacerlo. Sé que esta noche, antes de acostarme, me retorceré ante el espejo para ver las marcas y revivir la sesión de esta tarde. Pero eso será esta noche. No ahora. Cojo un nuevo informe del pulcro montón colocado sobre mi mesa y empiezo a leerlo...
autor alyanna

martes, 13 de agosto de 2019

Trombocid



Acércate. Hoy es un día especial. Los dos lo sabemos. Y también sabemos que yo soy dura, que soy severa y que a ti te encanta que lo sea. Por eso te pones a cuatro patas, ante mí, en cuanto chasqueo los dedos. Por eso tu voluntad flaquea cuando te llamo perro o siervo. Porque tengo lo que tú deseas.

Y como hoy es un día especial, vas a tener un trato especial. No habrá fustas, ni palas, ni varas. No habrá plugs. Sólo tú, yo y un tubo de trombocid.

Así que ven. Desnudo, como me gusta. Ponte sobre mis rodillas, como te gusta. Mis manos tienen algo para ti.

Deslizo mi dedo índice a lo largo de tu columna vertebral, resiguiendo las crestas y valles que marcan tus vértebras. Apoyo las palmas de mis manos en tu espalda, dejándolas quietas, sintiendo el movimiento de tu respiración. Sé que estás esperando. Sé lo que quieres. Pero será cuando yo lo decida.

Levanto una mano y la llevo hasta tu cabeza, acariciándola. Aún no estás impaciente. No importa. Sólo importa que estoy haciendo lo que quiero hacer, a mi ritmo.

Mientras mi mano aún recorre tu cabeza, la otra cae con fuerza en tu nalga derecha. Con tanta fuerza que siento un intenso picor en la palma. Tú respingas. Miro hacia abajo y veo aparecer la mancha roja en tu piel. Me gusta. Ya sabes lo que va a pasar ahora, ¿verdad? Sonrío y dejo caer con la misma fuerza la mano en la nalga izquierda. Este ya no te pilla por sorpresa, sabes cuál es mi manía. Junto con la dureza y la severidad, me gusta la simetría.

Tu cuerpo responde tan perfectamente a mis azotes, que siempre he de contenerme para no dejarme llevar por temor a hacerte daño. Pero hoy es un día especial. Y no me frenaré. Siento que mi corazón se acelera, siento las ganas de seguir golpeando tus nalgas, el deseo de verlas completamente rojas, más que nunca. Y me dejo llevar. Una y otra vez mi mano se alza y cae con toda la fuerza, ignorando el dolor que causo y que me causa. Miro fijamente tus nalgas, buscando la zona donde golpear la siguiente vez. Tras una docena de azotes, dejo reposar la mano en la piel ardiente.

Porque mi mano está caliente por los golpes, pero tu piel parece hervir. Escucho tu respiración casi jadeante, hasta ahora nunca te había dado con tanta fuerza, con tanta pasión ni intensidad.

Te acaricio de nuevo la espalda. Y esas deliciosas nalgas sonrojadas. Me inclino y las beso con delicadeza, dando un lametón en cada una. Despiertas mi deseo, mis ganas de más. Así que vuelvo a erguirme y otra vez azoto tus nalgas, que en ese momento siento como mías. Con concentración, sistemáticamente, uno tras otro caen los golpes sobre ellas, alternando una y otra, cambiando el ritmo de golpeo, pero sin aminorar un ápice la fuerza.

Ahora están rojas, parecen inflamadas. Vuelvo a inclinarme sobre ellas, vuelvo a besarlas, sintiéndolas muy muy calientes. Mi lengua las toca de nuevo. Y las muerde. No te lo esperas, así que vuelves a moverte sin darte cuenta y un sonido sofocado sale de tu boca. Después de los mordiscos fuertes, recorro el borde de ambas nalgas, mordisqueando la hendidura entre ellas.

Alargo el brazo y tomo el tubo de trombocid. Vierto una pequeña cantidad en las palmas de las manos y masajeo suavemente, viendo cómo el calor que emana de tu piel hace que la crema parezca licuarse. Suave, lentamente, extiendo la crema, con mimo.

Vuelvo a tomar el tubo de trombocid, un poco más en cada mano. Pongo una de ellas entre tus piernas y la otra la acerco a tu ano. Y te pregunto si estás preparado para tu regalo.

La masajista


Un día de mis vacaciones aproveche el bono que venia incluido en este hotel para un masaje. Pregunte donde era la zona donde daban los masajes, y hacia allí me dirigí.
Llamo a la puerta y abre una mujer de unos 50 años, bastante alta y gorda, yo creo que mediría 1.75 y pesaría mas de 110 kilos. Buenas me dice, y que pase. Entro en la habitación que era pequeña y solo tenia una mesa de masajes un pequeño biombo. Ella me dice que me desnude detrás del biombo y me coloque una toalla a la cintura. Hecho esto, me dice que me tumbe sobre la camilla. Yo me tumbo y ella me retira la toalla de la cintura, así que estoy completamente desnudo boca bajo. Entonces coge un bote de aceite y lo empieza a extender sobre mi espalda, procediendo con sus manos a darme el masaje. Yo muy relajado porque la mujer lo estaba haciendo de maravilla, casi que me estaba quedando dormido. Sus manos se movían con total precisión desde mi cuello hasta el trasero a las mil maravillas. Después de unos 10 minutos mas o menos, sus manos se deslizaban por mis nalgas, cosa que me gustaba bastante. Continua el masaje y noto como sus dedos se deslizan entre la raya de mi trasero, cosa que me inquieta un poquito. El tema continua y ella sigue con sus dedos entre mis nalgas, hasta que de repente sus manos se paran y noto como las yemas de sus dedos se quedan paradas en mi ano. Ella lanza un suspiro y sigue inmóvil presionando con las yemas de sus dedos mi ano. Unos segundos después vuelve a coger el bote de aceite y lo rocía sobre mis nalgas. Yo empiezo a sentirme un poco mas nervioso, puesto que desconozco la reacción que va tomar esta señora. Una vez ha extendido acetite sobre mis nalgas, continua el masaje como lo había dejado. Solo que esta vez solo se dedica a dar el masaje en el interior de mis nalgas con sus dedos. Con las yemas de sus dedos cada vez hace mas presión sobre el contorno de mi ano, con lo que no se si estará a punto de querer meterme un dedo en el culo. Ella sigue dando el masaje en el contorno de mi ano sin llegar a introducir sus dedos.
Ahora ella se dirige a la puerta y cierra el pestillo, diciéndome: tranquilo, que así nadie nos molestara. Vuelve a poner mas aceite entre mis nalgas y a continuar con la yema de sus dedos presionando mi ano. Como creo que se que va ocurrir ahora apretó todo lo que puedo mi ano, pero sin ninguna fortuna ya que empiezo a sentir como sus dedos se introducen en mi ano. Ella me dice: como va el masaje? cosa que le contesto que de maravilla señora. Ella me dice que este relajado que esto acaba de empezar, continuando metiendo sus dedos en mi culo. Creo que debe de tener los 4 dedos dentro de mi ano por la presión que empiezo a sentir en el culo. Yo sigo un poco nervioso mientras ella mantiene la presión sobre mi ano, hasta que grito aaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhh, de la presión intensa que noto en mi ano y ella hace un pequeño gemido. Ahora es cuando me doy cuenta que ha introducido por completo su puño dentro de mi culo y casi no puedo ni hablar. Ella continua con su puño dentro de mi ano, mientras con su otra mano acaricia mi espalda. Yo empiezo a sentir un placer increíble entre sus caricias por la espalda y el movimiento de su mano en el interior de mi ano. Parece que estoy en el cielo con los angelitos, cuando la mano que acaricia mi espalda empieza a acariciar mi ano dilatado por su muñeca. Entonces vuelvo a sentir presión en el borde de mi ano por los dedos de su otra mano, y ella lanzando pequeños gemidos. Empiezo a estar mas tenso imaginando que no es posible lo que esta mujer intenta hacer, cuando de repente siento que me "han roto el culo" y grito de nuevo. El dolor es intenso durante unos segundos y empieza a calmarse en cuanto noto como gira suavemente sus manos dentro de mi culo. Ella me pregunta que como va el masaje y le respondo que ahora bien. Ella sigue girando sus dos manos a la vez dentro de mi culo, cuando empiezo a sentir un placer nunca antes sentido y unas sensaciones inminentes de tener un orgasmo. Con lo que ahora soy yo el que empieza a gemir progresivamente, mientras el giro de sus manos aumenta. Noto que estoy teniendo un orgasmo y nadie esta acariciando mi pene, es una sensación fantástica y esto continua... Sigo eyaculando y no se el tiempo que ha pasado, pero mas de dos minutos, esto empieza a ser de ciencia a ficción, llevo lo menos cinco minutos eyaculando o esa sensación tengo, con las dos manos de esta mujer girando en el interior de mi ano.
La mujer por fin saca sus manos de mi ano, con lo que lanzo un largo suspiro. Ella me dice que esto ya ha terminado y que me puedo vestir.
Pase todo el resto del día como si estuviese volando sobre una nube, en un estado de relajación y placer que jamas había experimentado. La pena de todo esto es que este fue mi ultimo día en el hotel y el final de mis vacaciones.
Espero que el próximo año vuelva estar esa señora de masajista en el hotel para ir a sus masajes todos los días.

viernes, 2 de agosto de 2019

Playa nudista

Llego a esta playa nudista y como todo el mundo pongo mi toalla en la arena, la extiendo y me tumbo sobre ella a tomar el sol. Evidentemente completamente desnudo. Un grupito pequeño de unas 4 o 5 mujeres de unos 50 a 60 años de edad se aposenta cerca de donde yo estoy situado, despliegan sus toallas y se desnudan para tomar el sol. Una vez desnudas se ponen a darse crema mutuamente. Yo noto que el sol me quema y me incorporo para darme crema por la espalda, cosa un poco complicada llegar a todos los sitios. En ese preciso instante una de las mujeres que estaban a mi lado, se da cuenta y se acerca para ayudarme.
Hola, ¿te puedo ayudar con la crema? Yo encantado le digo: que si, gracias. Ella me dice que me tumbe y relaje. Ella empieza a deslizar la crema por toda mi espalda, con la cual me voy relajando y mintiéndome muy cómodo con ese masaje. Ella continúa extendiendo la crema por toda mi espalda hasta llegar a su final. En ese punto acaricia mis nalgas e inserta crema entre mis muslos, mientras yo siento mucho placer. Ella continua pasando sus manos entre mis nalgas y noto como con sus dedos masajea mi ano. Con sus dedos repasa el contorno de mi ano a la vez que yo me empiezo a excitar. Parece que le ha cogido gusto a esa zona para darme crema. Cuando noto como uno de sus dedos se desliza introduciéndose dentro de mi ano, cosa que ella me pregunta si me molesta, cosa que le digo que, para nada, que siga haciendo que lo hace muy bien.
Ella emocionada también con la situación se anima y sintiendo que mi ano no le ofrece ninguna dificultad a la entrada de sus dedos dentro de mi culo, sigue introduciendo más dedos. Yo gozoso de placer no digo ni una sola palabra mientras ella continua metiendo ya sus cinco dedos, mientras sus amigas miran con extrañeza como se pierde su mano en el interior de mi culo. Ella me dice: oye que tengo mi puño dentro de tu culo, ¿te molesta? Yo le respondo que para nada, que siga que lo hace de maravilla. Sus amigas le preguntan si necesita ayuda, y ella me dice: que si me importa que vengan a ayudarla. Yo le digo encantado que vengan, ella la llama. Vienen otras dos amigas y asombradas me dicen si pueden participar dándome cremita, yo encantado que me den cremita así. La mujer que tenia su mano dentro de mi ano les dice a las otras dos que tiene su mano ahí bien a gusto y que no quiere sacarla, ellas también quieren probar y yo les digo que donde cabe una mano puede entrar otra más. Dicho esto una de ellas se anima y le dice a la que tiene su mano dentro que aparte un poco que ella quiere probar lo a gusto que tiene su compañera su mano dentro de mi ano. Yo súper excitado relajo mas si cave mi ano para que esta señora haga lo que esta deseando. Le dice esto es increíble, tienes toda tu mano dentro del ano de este chico, saca de ahí tu mano que quiero meter la mía haber que se siente. Las dos mujeres vieron mi ano abierto y se miraron mutuamente y comentaron que pedazo de agujero mas grande, y si le metemos las dos manos a la vez. Yo oí el comentario y me puse más cachondo todavía, y ellas juntaron sus manos entrelazadas por sus dedos y comenzaron a penetrar mi ano poco a poco iban entrando sus nudillos a través de mi ano ya muy dilatado. Ellas disfrutaban mientras perdían de vista sus manos dentro de mi culo y me decían si me dolía, cosa que yo les conteste que para nada, que era un placer muy grande el masaje que me estaban dando y que me daba mucho gusto tener sus manos dentro de mi culo. Después de media hora así se acerco la otra mujer que era mas mayor que ellas, tendría unos 60 años, y alucinaba con lo que estaba viendo "ala tenéis las dos manos metidas dentro del culo de este chico", no te duele chaval. Yo conteste que estaba encantado con la situación y ella dijo si también podría meter su mano donde la tenían metida sus dos amigas. Yo le dije que si lo intentaba, que vale. Ella se amino y con bastante esfuerzo y dolor en mi ano consiguieron tener sus tres manos a la vez dentro de mi ano.
Esta fantasía puede ser solo producto de mi imaginación o quizás tener algo de hecho real. Yo que soy el creador de este relato, todavía no se que parte es real o ficción de las similitudes con la vida real.
  Autor:
pepe_love_fisting_mi_culo


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miércoles, 31 de julio de 2019

Dolor

Dolor
¿Te duele?¿Aún no? Entonces aprieto un poco más. No miro mis manos, miro tu cara, tus ojos, la expresión de tu rostro y sobre todo, tus labios. Y en todo ello veo lo mismo: terquedad. Eres capaz de seguir negándolo sólo por orgullo, por no dar tu brazo a torcer, por querer demostrar algún tipo de superioridad sobre mí. Pero ambos sabemos que llevas las de perder. Un juego de voluntades. Aprieto más. Sé que te duele. Te miro, enarcando las cejas. Te obstinas en que no, que quieres más, que no te duele, que no es nada. Sonrío. Ahora aprieto y retuerzo al mismo tiempo. No puedes evitar un gesto de dolor con la boca. Esa debilidad te hace empecinarte aún más, a pesar de que tus ojos están húmedos. No, no voy a dejar que me manejes. Yo soy quien maneja la situación, no tú. Y puedo seguir este juego hasta que te rindas. Lo sabes, lo sé. No es la primera vez. No será la última. No duele. De acuerdo. Me canso ya y decido acabar de una vez. Y te das cuenta, porque en todo este tiempo juntos hemos aprendido a leernos mutuamente. Sabes que voy a echar el resto, a acercarme al límite, a doblegarte. Aprieto con todas mis fuerzas y retuerzo justo hasta ese punto entre dolor y daño. Aúllas. No puedes evitarlo. Veo una mezcla de sentimientos en ti: enfado por no haber aguantado, placer por haberme servido, obstinación en que, algún día, seré yo quien me rinda. Acaricio tu carne magullada, con cariño. Te beso la frente y me retiro, sin más, sin una palabra.





Enviado por alyanna

Atada

Atada
Sentado en una silla, en una esquina de la habitación, relajado, con el flogger en la mano, la miro. Ella está desnuda, expuesta, cegada por un antifaz y con sus brazos y piernas abiertos y extendidos, atados a los barrotes de la cama. Hace un rato que estamos así, yo observándola y ella esperando. Disfruto al ver el movimiento de sus pechos con cada inspiración. La conozco tanto, que puedo leer su cuerpo como quien lee las páginas de un libro conocido y familiar. No es un cuerpo hermoso, ni de modelo. Es un cuerpo valioso. Porque me pertenece. Porque está a mi disposición. Porque es mío. Me levanto tratando de no hacer ruído, pero ella está tan alerta que su cabeza se gira hacia mí, con un movimiento brusco y mecánico. Su respiración se acelera, entreabre los labios. Su respuesta me excita. Camino lentamente hacia la cama. Balanceo el flogger. Deslizo las tiras de cuero por su cuerpo, acariciándolo, desde el pubis hasta los pechos, cuyos pezones ya están endurecidos. Jadea. Sonrío. Podría hacer lo que quisiera con ella, está indefensa ante mí. Siento ese poder, esa energía, esa perversión en cada poro de mi piel. Y es lo que me lleva a golpear con suavidad pero firmeza su cuerpo, siguiendo el mismo camino que la caricia anterior, desde el pubis a los pechos, tintando su piel de un suave rosado cálido. No acalla sus gemidos, sabe que me complace escucharlos. Veo una lágrima caer desde el borde del antifaz hacia la almohada. Me inclino y la recojo con mi lengua. La miro, acaricio su mejilla con la punta de mis dedos. Dejo el flogger sobre su pubis, tapándolo. Y vuelvo a la silla, a disfrutar de ella mientras pienso qué hacer a continuación....




Enviado por alyanna