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jueves, 26 de septiembre de 2019

Cuerdas

Te veo. La ropa que antes cubría tu cuerpo cuelga de una percha en un rincón. Las cuerdas, que antes estaban ordenadamente dispuestas sobre la mesa, son ahora tu vestido. Cubren tu cuerpo, atándolo, disponiéndolo en la forma que he ideado para ti. Tus brazos y piernas flexionados, unidos entre sí por lazos, vueltas y nudos.
Te sientes desnuda, pero para mí estás más vestida que nunca. A mi modo, a mi gusto, por mi mano.
Escucho los gruñidos ininteligibles que salen de tu boca y me parece sentir la vibración de tu garganta al forzar la voz. Esa voz que hace unos minutos, contaba pausadamente anécdotas del viaje que te trajo hasta mí. Ahora suenas mejor. Aunque no entienda los sonidos, aunque no distinga las palabras, veo claramente lo que quieres decirme, lo veo en lo turbio de tu mirada, en la rojez de tus mejillas, en el parpadeo de tus ojos, en cómo se eriza tu piel con mi contacto.
He esculpido mi fantasía utilizando tu cuerpo. Y me regodeo en su visión. Doy vueltas alrededor, fascinado por el contraste entre la blancura de tu piel y el color de las cuerdas. Notando, aún sin verlas, las marcas que tus movimientos intensifican sobre tu piel.
El placer que siento al verte así, tal como te he soñado miles de veces antes, se traduce en el roce de las puntas de mis dedos por tu frente, cubierta ligeramente de sudor. Tus mejillas abultadas, semicubiertas por la cinta, cálidas cuando las toco.
Tiro con suavidad de alguna cuerda. No porque sea necesario comprobar nada, o apretar más, sino por el orgullo del trabajo que he hecho, que hemos hecho.
Y me siento, relajado, mirándote, disfrutándote, grabando esa hermosa imagen en mi memoria y anticipando mentalmente el momento de la liberación física, de deshacer nudos, quitar el traje de cuerda que diseñé en exclusiva para ti. Y el mejor momento de todos, ese en el que tu mirada, esa mirada esquiva y tímida, se fije en mí, mientras me confieses que jamás te has sentido más libre que cuando te ataba.
alyanna
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Administración del canal #BDSM

sábado, 7 de septiembre de 2019

Dualidad

Estoy cansada, me empieza a doler un poco la espalda y las bolsas de la compra parecen pesar cada vez más. Pero ya falta poco, ya casi he llegado, unos pocos pasos más y podré dejar la carga sobre la mesa.

Deposito las bolsas sobre la mesa de la cocina, con cuidado para que ninguna vuelque y se desparrame el contenido. Por supuesto, una se cae y por supuesto, es el que tiene los productos más frágiles. Cierro los ojos durante unos segundos antes de ponerme a recoger lo que ha caído.

Saco la compra, producto a producto, colocándolo en su sitio. Noto cómo mi pulso se va tranquilizando, el sudor se va secando haciendo que algún pelo se me quede pegado a la frente. Mientras guardo las cosas, de forma casi automática, pienso en lo mucho que me gustaría darme una ducha y después tirarme en cualquier sitio a leer tranquilamente. Pero no puede ser.

Hago una lista mental de tareas pendientes y el orden más práctico en que realizarlas. Poner la lavadora y mientras se lava la ropa, ponerme con la comida y después tender la ropa, poner la mesa y esperar a que lleguen para comer. Después de la comida, recoger y fregar y entonces... oh, entonces la ducha.
 
Antes de quitarme la ropa, me regalo un minuto entero de silencio. Nadie en casa, nada urgente que hacer, tiempo para mí.

Veo de soslayo mi imagen reflejada en el espejo del dormitorio. Una mujer de mediana edad, como cualquier otra, con aspecto cansado, sin ningún rasgo en particular, como hay tantas y tantas por las calles de la ciudad.

Voy quitándome la ropa, prenda a prenda, dejándolas caer en el suelo, con la mirada fija en el diminuto cubículo de la ducha. Está todo en penumbra, pero no enciendo la luz. Me meto dentro y abro el grifo, apartándome de las frías gotas que salen de la alcachofa. Mis pezones se erizan al ser salpicados por algunas de ellas. Miro hacia abajo, una gota enorme deslizándose por la piel de mi pecho... y sonrío al recordar que, no hace muchas horas, ese mismo recorrido lo hizo una gota de cera caliente, solidificándose sobre mi piel, seguida de otra y otra más. Recuerdo haber levantado la vista y haber visto su cara, concentrada, siguiendo también el camino de cera en mi pecho y su sonrisa. En esos momentos yo no era una mujer de mediana edad, una de tantas. En esos momentos yo era un lienzo en blanco, una posesión, una fantasía realizándose. Era la otra cara de la moneda, la cara oculta que sólo sale ante él, con él y para él.

Me coloco bajo el chorro de agua templada, recorriendo mi cuerpo con la esponja enjabonada, dejando que los recuerdos afloren con cada roce. Aquí me azotó, pienso, hasta que sentí la piel ardiendo de calor. Aquí me pellizcó antes de pinzarme (cómo dolía al principio... y al sacarlas). Aquí me mordió hasta casi dejarme una marca. En este otro sitio me dejó una pequeña marca, un punto rojo que con el tiempo se puso negro y que no dejé de ver ni un solo día hasta que desapareció por completo.

Reparto el champú por mi cabello, recordando su puño agarrando mis mechones con fuerza, dirigiendo mi cabeza... Deslizo mis dedos por los laterales de mi cuello y me parece oler aún el cuero de mi collar, el collar que me pone en cada encuentro, que tengo oculto en las profundidades del armario, esperando el momento de sacarlo y ofrecérselo.

No, definitivamente ahora no soy una anodina mujer de mediana edad. Ahora soy... ¿qué soy?. Soy suya.


lunes, 2 de septiembre de 2019

s el Jefe



Levanto los ojos del informe que he estado leyendo. El caro reloj que llevo en mi muñeca derecha, regalo de mi esposa en nuestro último aniversario, marca las doce y media. Llevo en la oficina casi seis horas y esta es la primera pausa que me permito hacer.

Soy exigente con mis subordinados, pero no les pido más de lo que yo mismo hago. Siempre soy el primero en llegar y el último en irme. Sé que no soy apreciado entre ellos, me llaman "el cara de perro". Me da igual que me pongan motes, siempre y cuando cumplan sus obligaciones de la mejor forma posible.

Hace mucho tiempo tuve que decidir entre la simpatía de los demás o la eficiencia. Elegí esa última, ese es mi trabajo: mantener la maquinaria de la empresa perfectamente engrasada, a nivel burocrático y económico. Soy duro, las lágrimas no me conmueven y las excusas me irritan. También me considero justo. Escucho con la mayor ecuanimidad posible y decido lo más imparcialmente, teniendo siempre en cuenta el beneficio empresarial.

Me gusta llegar a mi despacho y encontrar las cosas como deben estar. Orden, pulcritud y eficiencia. En mi hogar espero lo mismo, salvando las distancias. Mi esposa es una mujer elegante, culta y que sabe exactamente lo que espero de ella. Nuestra relación es estable y su comportamiento en sociedad complementa perfectamente el estatus económico que le proporciono a nuestra hasta ahora pequeña familia.

Hay quienes me consideran frío. Yo prefiero definirme como pragmático y lógico. Me gustan las cosas bien hechas y para que estén así, he de tomar yo las riendas y sacar de cada una de las personas que me rodean, lo mejor de sí mismas.

Llevo una semana de trabajo intenso. Es la época del año en que todo parece acumularse y el volumen de papeleo en lugar de decrecer, aumenta sin parar.

Me doy cuenta de que llevo unos minutos sin hacer nada, con la cabeza fuera del informe. Quizás es el momento de tomarme un descanso, de hacer una pausa para después volver con fuerzas renovadas.

Así que tomo mi móvil, marco un número y acuerdo una cita para esa misma tarde, a primera hora. Es el momento perfecto, justo después de comer, cuando aún no comienza al menos oficialmente, la jornada vespertina.

Me quedo un par de segundos mirando la pantalla oscura de mi teléfono, mientras siento cómo un escalofrío recorre mi espalda y me tenso ligeramente. Pero he de dejar de lado todo pensamiento ajeno a mi labor, o las horas que me quedan por delante no serán muy fructíferas.

Llamo a mi secretaria para que concierte citas a lo largo de la semana y para convocar una reunión con los jefes de sección al día siguiente. No es necesaria, pero sé que así apretarán un poco más las tuercas con vista a presentarme unos buenos resultados. Me resulta cansino el tener que echar mano a este tipo de acciones para lograr algo que debería ser básico. Este pensamiento no hace que me ponga de mejor humor, precisamente. Tras frotarme durante unos segundos el puente de la nariz, vuelvo a sumergirme en el informe, tomando notas de cuando en cuando.

Sigo inmerso en mis cifras, cálculos y diagramas hasta la hora de comer. Tengo una especie de alarma mental que salta al llegar las horas en que tengo algo programado.

Me levanto de mi silla, reordeno unas cuantas cosas, recojo el móvil, la chaqueta y la cartera y salgo de la oficina.

Con la mente puesta en la cita que tengo en los próximos minutos, en lugar de ir al restaurante en el que como todos los días, entro en una pequeña cafetería, donde pido un café con leche y un zumo, prácticamente un desayuno en lugar de una comida, pero por experiencia sé que es mejor así.

No sé qué me ha pasado. Cuando vi el reloj, era mucho más tarde de lo que pensaba. Yo, que jamás llego tarde a ninguna parte. Me enfado conmigo mismo, con mi torpeza y mi corazón se acelera al pensar en su reacción cuando llegue unos minutos tarde a la cita.

En el taxi, mis pies se mueven sin cesar, como si así pudiese aumentar la velocidad del vehículo o evitar los parones ante semáforos y cruces. Veo una y otra vez el reloj. El tiempo parece volar, es casi imposible que sea tan tarde. Me pongo más y más nervioso.

Bajo del taxi, arrojando al conductor un billete que cubre con creces el importe que marca el taxímetro y corro hacia el portal. Timbro en el telefonillo, intentando estabilizar mi respiración. Pasan unos agónicos y eternos segundos en los que me convenzo que la tardanza ha sido imperdonable y no me abrirán. Pero finalmente, escucho el zumbido que hace que la puerta se abra con la presión de mi mano.

Ni me planteo utilizar el ascensor, al ver que no está en la planta baja. Doy un manotazo al interruptor de las luces y empiezo a subir las escaleras de dos en dos, con toda la velocidad que puedo imprimir a mis largas piernas.

Cuando llego al cuarto piso, estoy jadeante. La puerta de acceso al inmueble está entornada, como siempre. Cuelgo la chaqueta en el respaldo de una silla que hay junto a la puerta. A continuación me descalzo y me quito los calcetines, metiendo cada uno de ellos en su correspondiente zapato. Siento los latidos de mi corazón en el pecho, en mis oídos, en mis sienes y sé que no es todo fruto del esfuerzo físico de subir corriendo las escaleras.

Los botones de la camisa me retrasan considerablemente. Me doy cuenta de que el sonido que reberbera en mi cabeza son mis propios gruñidos de exasperación. Escucho unos pasos en una habitación cercana y mis temblores aumentan. Me saco la camisa como si fuera un jersey, por la cabeza y la dejo caer en el asiento de la silla. Los pantalones la cubren inmediatamente, seguidos por los calzoncillos.

Voy casi volando, guiado por el sonido de los pasos. Inspiro profundamente, abro la puerta y me dejo caer a cuatro patas, con la cabeza gacha, mirando al suelo. Los pasos cesan y veo las punteras de unas botas negras. Una de ellas roza mi barbilla y me obliga a levantar la cabeza. Y la veo. Enfadada. Y con motivos. Siempre igual, siempre llego tarde. Y ella es sumamente estricta, exigente, deja muy claro cómo quiere las cosas. Y siempre, por un motivo u otro, meto la pata, llego tarde, me equivoco.

Y a ella no le queda más remedio que castigarme. Que mostrarme tal cual soy, una piltrafilla sin seso, incapaz de hacer algo tan sencillo como llegar a mi hora. Y además de tarde, llego sudoroso, tembloroso y atontado. Ella corregirá mis faltas. Me enseñará a ser mejor, a dar más de mí, a esforzarme.

Mantengo la postura y veo cómo se aleja. Elige la vara que más le gusta y se acerca a mí, con el ceño fruncido, diciendo que va a tener que aplicarse más aún para dejarme claras las nociones básicas de la buena educación. Le había hecho esperar y ahora iba a pagar por ello.

Le gusta caminar a mi alrededor y dejar caer los golpes cuando menos lo espero. Le gusta escuchar mis gemidos de dolor. Le gusta escuchar cómo suplico, cómo prometo, cómo me humillo.

Escucho el familiar silbido en el aire unas décimas de segundo antes de sentir el golpe. No duele, al menos en ese momento. Sientes el contacto de la vara en la piel y piensas "no es para tanto" e inmediatamente después, empieza el escozor. Los dos o tres primeros golpes son así, como con un leve retardo. Después el dolor parece incluso adelantarse al varazo. Nunca sé exactamente en qué punto empiezo a lagrimear. Ni cuándo empiezo a pensar que no voy a soportar un sólo golpe más.

Pero ella sí lo sabe. Parece conocer mi cuerpo y mi mente mejor que yo mismo. Y juega con ese conocimiento. Jamás traspasa el límite, pero tampoco para hasta llegar a él. Y el límite cada vez se mueve un poco más allá...

Se aleja de nuevo. Parpadeo y siento una lágrima deslizarse por mi mejilla sonrojada. Mi nariz gotea levemente. Hoy volverá a llamarme mocoso y llorica. Cierro los ojos con fuerza.

Lo siguiente que siento es un tremendo golpe en mi mejilla izquierda, tan fuerte que hace que me tambalee y sienta como si mi cabeza fuera a salir volando. Mierda. No puedo cerrar los ojos si no me lo ordena. ¿Tan complicado es recordar que sólo tengo que hacer lo que me pide?.

Me dice que me ponga de rodillas. Lo hago. Se coloca frente a mí y empieza a abofetearme con saña, recordándome mi error, mis torpezas, mis malas costumbres, llamándome inútil. A cada golpe, he de darle la razón y agradecérselo. Y lo hago de corazón. Soy torpe, cometo errores, soy un inútil, incapaz de obedecer cosas tan simples como no cerrar los ojos si no es para parpadear.

Me coge por el pelo y me lleva medio a rastras hasta el sofá. Me suelta, se sienta y señala su regazo. Me levanto, con la cabeza gacha y me coloco a través. Como me ha dado con la vara, supongo que ahora me reconfortará y me aplicará una de las cremas que tiene a mano, sobre una discreta mesita auxiliar.

Así que me dejo hacer. Siento las palmas de sus manos recorrer mi espalda, con leves caricias que me provocan estremecimientos. Sus dedos recorren las líneas de los varazos, que ahora estarán rojizas y virarán a morado con el paso de las horas. Espero sentir el frescor de la pomada sobre ellas, tarda.

Otra tanda de caricias. Algo va mal. No es normal. Y sin esperarlo, me clava las uñas en las nalgas, arañándolas, aumentando el dolor y el escozor que aún siento en la zona. Aúllo. Ella se ríe sarcástica, sabe que no es lo que esperaba, que mi queja es más por la sorpresa que por el dolor.

Me da unos azotes suaves y después sí, unta la zona con la fresca crema que alivia en parte mi sufrimiento. Me relajo. Me mima, me susurra palabras casi sin sentido, me arrulla con su voz, me recrimina con suavidad, me hace promesas de futuro...

Me siento laxo, vacío, descansado, feliz. Me dejo hacer. No he de tomar decisiones, no he de pensar, nadie depende de mí. Sólo me dejo hacer, sin más. Es un descanso físico y mental. Es cuando me puedo relajar, ser yo, olvidar todo y a todos y sólo sentir.

Una vez ha tratado mis marcas con la pomada, me empuja suavemente la cadera para que resbale al suelo, levanta mi cabeza con la yema de dos dedos y limpia mi cara con una toallita húmeda, despacio, suave y cariñosamente. Me sonríe y deja un beso en mi frente, antes de levantarse y salir de la habitación.

Apoyo mi cara en el asiento, aspirando su olor con fuerza, sintiendo el calor que ha dejado su cuerpo en él. Es de estos momentos robados a mi vida de donde saco fuerzas para seguir, es lo que me impide explotar, estas horas en las que yo sólo soy lo que ella quiere que sea, sin más.

Afortunadamente mi cuadriculada vida me permite calcular mis visitas de forma que la intimidad con mi esposa (que, de todas formas, tiene lugar en total oscuridad), no delate estos desahogos puntuales.

Me levanto despacio, consciente como nunca de mi cuerpo. Voy desnudo hasta el recibidor, donde siguen mis cosas tal cual las he dejado. Me visto, transformándome con cada prenda en el hombre serio, frío, seguro de sí mismo, dominante, exigente e incluso temible.

Bajo en el ascensor y paro el primer taxi que pasa. Doy la dirección del edificio de oficinas. Subo hasta mi despacho, caminando con la seguridad de siempre. Las charlas se apagan a mi paso, la gente agacha la cabeza y deja de lado conversaciones banales para dedicar toda su atención al trabajo. Saben lo mucho que me fijo en esas cosas y que pueden tener consecuencias.

Llego y me siento, sintiendo un leve dolor al hacerlo. Sé que esta noche, antes de acostarme, me retorceré ante el espejo para ver las marcas y revivir la sesión de esta tarde. Pero eso será esta noche. No ahora. Cojo un nuevo informe del pulcro montón colocado sobre mi mesa y empiezo a leerlo...
autor alyanna

martes, 13 de agosto de 2019

Trombocid



Acércate. Hoy es un día especial. Los dos lo sabemos. Y también sabemos que yo soy dura, que soy severa y que a ti te encanta que lo sea. Por eso te pones a cuatro patas, ante mí, en cuanto chasqueo los dedos. Por eso tu voluntad flaquea cuando te llamo perro o siervo. Porque tengo lo que tú deseas.

Y como hoy es un día especial, vas a tener un trato especial. No habrá fustas, ni palas, ni varas. No habrá plugs. Sólo tú, yo y un tubo de trombocid.

Así que ven. Desnudo, como me gusta. Ponte sobre mis rodillas, como te gusta. Mis manos tienen algo para ti.

Deslizo mi dedo índice a lo largo de tu columna vertebral, resiguiendo las crestas y valles que marcan tus vértebras. Apoyo las palmas de mis manos en tu espalda, dejándolas quietas, sintiendo el movimiento de tu respiración. Sé que estás esperando. Sé lo que quieres. Pero será cuando yo lo decida.

Levanto una mano y la llevo hasta tu cabeza, acariciándola. Aún no estás impaciente. No importa. Sólo importa que estoy haciendo lo que quiero hacer, a mi ritmo.

Mientras mi mano aún recorre tu cabeza, la otra cae con fuerza en tu nalga derecha. Con tanta fuerza que siento un intenso picor en la palma. Tú respingas. Miro hacia abajo y veo aparecer la mancha roja en tu piel. Me gusta. Ya sabes lo que va a pasar ahora, ¿verdad? Sonrío y dejo caer con la misma fuerza la mano en la nalga izquierda. Este ya no te pilla por sorpresa, sabes cuál es mi manía. Junto con la dureza y la severidad, me gusta la simetría.

Tu cuerpo responde tan perfectamente a mis azotes, que siempre he de contenerme para no dejarme llevar por temor a hacerte daño. Pero hoy es un día especial. Y no me frenaré. Siento que mi corazón se acelera, siento las ganas de seguir golpeando tus nalgas, el deseo de verlas completamente rojas, más que nunca. Y me dejo llevar. Una y otra vez mi mano se alza y cae con toda la fuerza, ignorando el dolor que causo y que me causa. Miro fijamente tus nalgas, buscando la zona donde golpear la siguiente vez. Tras una docena de azotes, dejo reposar la mano en la piel ardiente.

Porque mi mano está caliente por los golpes, pero tu piel parece hervir. Escucho tu respiración casi jadeante, hasta ahora nunca te había dado con tanta fuerza, con tanta pasión ni intensidad.

Te acaricio de nuevo la espalda. Y esas deliciosas nalgas sonrojadas. Me inclino y las beso con delicadeza, dando un lametón en cada una. Despiertas mi deseo, mis ganas de más. Así que vuelvo a erguirme y otra vez azoto tus nalgas, que en ese momento siento como mías. Con concentración, sistemáticamente, uno tras otro caen los golpes sobre ellas, alternando una y otra, cambiando el ritmo de golpeo, pero sin aminorar un ápice la fuerza.

Ahora están rojas, parecen inflamadas. Vuelvo a inclinarme sobre ellas, vuelvo a besarlas, sintiéndolas muy muy calientes. Mi lengua las toca de nuevo. Y las muerde. No te lo esperas, así que vuelves a moverte sin darte cuenta y un sonido sofocado sale de tu boca. Después de los mordiscos fuertes, recorro el borde de ambas nalgas, mordisqueando la hendidura entre ellas.

Alargo el brazo y tomo el tubo de trombocid. Vierto una pequeña cantidad en las palmas de las manos y masajeo suavemente, viendo cómo el calor que emana de tu piel hace que la crema parezca licuarse. Suave, lentamente, extiendo la crema, con mimo.

Vuelvo a tomar el tubo de trombocid, un poco más en cada mano. Pongo una de ellas entre tus piernas y la otra la acerco a tu ano. Y te pregunto si estás preparado para tu regalo.

miércoles, 31 de julio de 2019

Dolor

Dolor
¿Te duele?¿Aún no? Entonces aprieto un poco más. No miro mis manos, miro tu cara, tus ojos, la expresión de tu rostro y sobre todo, tus labios. Y en todo ello veo lo mismo: terquedad. Eres capaz de seguir negándolo sólo por orgullo, por no dar tu brazo a torcer, por querer demostrar algún tipo de superioridad sobre mí. Pero ambos sabemos que llevas las de perder. Un juego de voluntades. Aprieto más. Sé que te duele. Te miro, enarcando las cejas. Te obstinas en que no, que quieres más, que no te duele, que no es nada. Sonrío. Ahora aprieto y retuerzo al mismo tiempo. No puedes evitar un gesto de dolor con la boca. Esa debilidad te hace empecinarte aún más, a pesar de que tus ojos están húmedos. No, no voy a dejar que me manejes. Yo soy quien maneja la situación, no tú. Y puedo seguir este juego hasta que te rindas. Lo sabes, lo sé. No es la primera vez. No será la última. No duele. De acuerdo. Me canso ya y decido acabar de una vez. Y te das cuenta, porque en todo este tiempo juntos hemos aprendido a leernos mutuamente. Sabes que voy a echar el resto, a acercarme al límite, a doblegarte. Aprieto con todas mis fuerzas y retuerzo justo hasta ese punto entre dolor y daño. Aúllas. No puedes evitarlo. Veo una mezcla de sentimientos en ti: enfado por no haber aguantado, placer por haberme servido, obstinación en que, algún día, seré yo quien me rinda. Acaricio tu carne magullada, con cariño. Te beso la frente y me retiro, sin más, sin una palabra.





Enviado por alyanna

Atada

Atada
Sentado en una silla, en una esquina de la habitación, relajado, con el flogger en la mano, la miro. Ella está desnuda, expuesta, cegada por un antifaz y con sus brazos y piernas abiertos y extendidos, atados a los barrotes de la cama. Hace un rato que estamos así, yo observándola y ella esperando. Disfruto al ver el movimiento de sus pechos con cada inspiración. La conozco tanto, que puedo leer su cuerpo como quien lee las páginas de un libro conocido y familiar. No es un cuerpo hermoso, ni de modelo. Es un cuerpo valioso. Porque me pertenece. Porque está a mi disposición. Porque es mío. Me levanto tratando de no hacer ruído, pero ella está tan alerta que su cabeza se gira hacia mí, con un movimiento brusco y mecánico. Su respiración se acelera, entreabre los labios. Su respuesta me excita. Camino lentamente hacia la cama. Balanceo el flogger. Deslizo las tiras de cuero por su cuerpo, acariciándolo, desde el pubis hasta los pechos, cuyos pezones ya están endurecidos. Jadea. Sonrío. Podría hacer lo que quisiera con ella, está indefensa ante mí. Siento ese poder, esa energía, esa perversión en cada poro de mi piel. Y es lo que me lleva a golpear con suavidad pero firmeza su cuerpo, siguiendo el mismo camino que la caricia anterior, desde el pubis a los pechos, tintando su piel de un suave rosado cálido. No acalla sus gemidos, sabe que me complace escucharlos. Veo una lágrima caer desde el borde del antifaz hacia la almohada. Me inclino y la recojo con mi lengua. La miro, acaricio su mejilla con la punta de mis dedos. Dejo el flogger sobre su pubis, tapándolo. Y vuelvo a la silla, a disfrutar de ella mientras pienso qué hacer a continuación....




Enviado por alyanna

Castidad

Castidad
Tres días. Tres largos, enormes, eternos días de tortura. Sintiéndola cerca, oliéndola, a veces incluso rozándola, escuchando el tintineo de su risa al ver en qué estado me pone con tanta facilidad. A veces pienso que es cruel y creo odiarla. A veces pienso que es cruel y la adoro por ello. Me mira como se estudia un especimen bajo la lente de un microscopio, atenta a mis gestos, a veces pinchándome buscando una reacción. Me pone a prueba cada minuto que está cerca. Y su recuerdo me aguijonea el resto del tiempo. Y yo debo seguir aguantando. Al principio por orgullo, después por cabezonería, siempre por su expreso deseo. Me duele. Empiezo a tener que luchar contra mi mente además de contra mi cuerpo. Mi mente dice que no pasa nada, que me rinda, que me deje llevar, que es una tontería, que no tiene sentido, que... Pero ella lo ha pedido y ella lo tendrá. Porque así es como debe ser. Porque así es como lo quiere. Y lo que ella quiere, es lo que quiero yo. No, no lo quiero, ¿cómo puede alguien querer esto? Pero aquí estoy, aguantando, el deseo, el dolor físico y mental. Sus juegos. Sus torturas. Sus caricias llevándome al límite y su voz prohibiéndome el desahogo del placer. Una y otra vez. Sus llamadas, las palabras deslizándose hasta mi cerebro, encendiéndome. Y mi mano que se dirige a mi entrepierna, mientras pienso en lo fácil, rápido y glorioso que sería hacerlo. Pero no, quieto, ella no lo quiere, no lo permite. Se ríe, se muestra juguetona, divertida, sabe que sufro, sabe lo que estoy pasando, lo disfruta. Suyo es. Suyo soy. Y lo quiere todo. Mi cuerpo y mi mente. Quiere que me cueste más. Y se lo estoy dando. Siento que me muero de ganas, de dolor, de ansia, pero se lo estoy dando. Suena el teléfono. Gimo. Ella. Volverá a excitarme aún más. No sé si lo podré soportar. Tres días de excitación casi constante, sin dejarme llegar al final. Me preparo para aguantar. Aprieto la tecla de contestar y escucho atento. Puedo oír su sonrisa mientras me susurra "ya".



Enviado por alyanna

Tabú

Tabú
Según la Real Academia Española: tabúDel polinesio tabú 'lo prohibido'. 1. m. Condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar. 2. m. Prohibición de comer o tocar algún objeto, impuesta a sus adeptos por algunas religiones de la Polinesia. Por tanto, es complicado escribir sobre tabúes (o tabús, como prefieras), porque es algo tremendamente subjetivo. Por poner un ejemplo, en algunas culturas, los tatuajes son tabúes. O el incesto, que sin embargo ha sido públicamente practicado por casi todas las Casas Reales durante siglos. Así que me veo en la tesitura de escribir sobre tabúes y claro, escriba lo que escriba, para unas personas será un tabú y para otras simplemente una cochinada o una tontería... A escribir y que sea lo que la imaginación quiera. Uno.- Te observo, pálida bajo la luz de la luna que se filtra entre los visillos de la ventana. No me muevo, apenas respiro. Te deseo tanto, que me duele. Te deseo tanto que sé hasta qué punto puedo entrar, hasta dónde puedo llegar. Y me quedo aquí, clavado, acariciándote con la mirada, aguantando la respiración, entre las sombras, ansiándote de una manera intensa, apasionada, brutal. Noto cómo el deseo crece y crece, se expande dentro de mí como el calor de una bebida caliente en invierno. Empiezan los temblores en mis manos y me noto a punto de jadear. Es el momento de la lucha. Sé que debo irme ya mismo, antes de que el deseo reemplace por completo a la cordura. Pero una parte de mí me insta a quedarme un poco más, me engatusa con la idea de que no pasará nada por unos segundos más... aunque lo que realmente quiere esa parte es que dé un paso más, me acerque y cruce el límite y en lugar de simplemente mirar, haga algo... quizás sólo tocarla, aunque sé que si la toco no será suficiente, querré más y más y más. Me voy, tengo que irme YA. Salgo caminando de espaldas, apurando hasta el final la visión de ese cuerpo dibujado bajo las sábanas. Lo que no sé, lo que nunca sabré, es que, noche tras noche, ella tensa su cuerpo, siente mi mirada, anhela que cruce esa línea que separa el amor fraternal del amor carnal. Dos.- Un año más me toca pasar unas semanas en el pueblo. Antes esperaba esas vacaciones con ansiedad, los días corrían rápidos, jugando, explorando y divirtiéndome hasta la extenuación. Pero he crecido y ahora ya no paso el tiempo correteando con los demás niños o haciendo comida de barro, hierbajos y flores. Ahora mi diversión es pasear, sentarme en un sitio bonito y cómodo, y leer. Nada emocionante, lo sé. Pero así van pasando los días, con más lentitud que antaño, pero sin mayor queja. A mis tíos al principio les preocupaba que me aburriera, pero con el paso de los días se han convencido de que disfruto de la lectura tranquila, así que todos contentos. Eso sí, tengo que cumplir con obligaciones sociales, cosa que antes no ocurría. La principal es la asistencia a misas conmemorativas de aniversarios o bien dedicadas a un santo u otro. Al parecer, basta con que un miembro residente de cada casa haga acto de presencia en la iglesia, eso, por así decirlo, cubre el cupo del resto. Por lo tanto, y como mis tíos tienen algunos achaques (que son básicamente pocas ganas de salir de casa para ir a misa), me toca a mí ser la representante. No soy una persona muy religiosa, la verdad, pero he de confesar que me gusta la atmósfera de paz y tranquilidad que hay en las iglesias, sobre todo en las antiguas como la del pueblo. Es muy pequeña, de piedra, bien cuidada y muy limpia. El tiempo que dura la misa, lo suelo dedicar a la meditación y salgo del acto litúrgico muy relajada. El cura de la parroquia es un hombre ya entrado en años, lo que se suele llamar un bendito. Generoso, con sentido del humor, muy piadoso y sacrificado. Nada que ver con el típico meapilas o santurrón o tirano exigente desde el púlpito. No, de eso nada. Otra buena razón para sentirme a gusto en la iglesia. El sacristán es otro cantar. También tiene sus añitos, no tantos como el párroco, pero los sesenta no los vuelve ya a cumplir, al menos eso creo, porque siempre ha tenido el mismo aspecto, desde que yo era una chiquilla hasta ahora, no ha cambiado nada de nada. El no hace nada sin sacar provecho. Bien sea una invitación en la taberna o un par de billetes. Cualquier cosa extra que tenga que hacer, ya se ocupará de sacarle rendimiento, de una forma o de otra. Solamente el cura siente simpatía por él en el pueblo. Y así pasa el tiempo de mis vacaciones. Hasta hoy. Mi tía me ha pedido/ordenado retirar las flores de los nichos de la familia, ya agostadas por el sol veraniego. Por el qué dirán, claro, no por otra cosa. Sonrío al pensar en eso. Voy paseando hasta el cementerio, al caer la tarde, ya empezando a oscurecer. Está tras la iglesia, recogido, limpio y ordenado como ella. Llevo una bolsa de plástico en la mano para meter en ella las flores y las esponjas donde estaban clavadas. Una vez acabada la tarea, me pongo a pasear entre las tumbas y los nichos, leyendo nombres, fechas, dedicatorias. Curioso, nunca pensé que disfrutaría estando en un cementerio yo sola, casi de noche. Pero es así, es un lugar lleno de paz, que me hace sentir bien. La oscuridad se acerca a pasos agigantados, así que decido volver ya y acortar el camino saltando la pequeña tapia de la iglesia. Al acercarme, veo, con sorpresa, que la puerta está abierta. Es raro, ya que suele abrirse sólo para los actos religiosos y que yo sepa ese día a esa hora, no había ninguno. Así que me acerco, pensando que las mujeres de la asociación cristiana estarán arreglando algo dentro. Y me quedo clavada en la puerta. A escasos metros, sobre el altar, está la mujer considerada más piadosa del pueblo. Está medio desnuda, despatarrada, medio colgando, mientras el sacristán hociquea entre sus piernas. Lo más sorprendente para mí (sí, aún más que eso) es que ella, mientras disfruta lo que le están haciendo, está pasando cuentas de un rosario y rezando sin parar. Me quedo parada, ahí, sin reaccionar debido a la sorpresa. Mi inmovilidad desaparece cuando el sacristán saca la cara de entre los muslos de la mujer y me mira directamente, con una sonrisa libidinosa en la cara. Mi cuerpo reacciona con un salto y escapando corriendo hacia la casa de mis tíos. Los días que me restan por permanecer con ellos, los paso inventando excusas para no volver a asistir a la iglesia. Creo que el verano que viene me quedaré mejor en casa, sola.



Enviado por alyanna

A Mediodía



Te veo en el rincón, esperando, echando vistazos de cuando en cuando, esperando un gesto mío, una mirada, una palabra que te permita acercarte. Pero me hago la loca, sigo a lo mío, aun sintiendo el peso de tu ansia. Me siento a la mesa. Me descalzo, moviendo los pies y los dedos para desentumecerlos. Bueno, para eso y para ponerte aún más nervioso. Sobre la mesa está preparada mi comida, tal como a mí me gusta, cada cosa en su sitio, perfecto. Sonrío satisfecha, porque sé lo despistado que eres y lo mucho que te cuesta recordar los pequeños detalles a los que yo doy tanta importancia. Ladeo ligeramente mi cara hacia tu rincón, para que puedas ver parte de mi sonrisa. No hace falta que yo te vea, te conozco tanto y tan bien, que sería capaz, si tuviera la habilidad necesaria, de dibujar la expresión que tienes ahora mismo en la cara. Casi babeas de contento. Pincho una porción de comida y la llevo a la boca, pero, justo antes, detengo mi mano. Me giro sobre la silla, sacando mis piernas de debajo de la mesa. Dejo caer el bocado aún intacto sobre mi pie derecho, justo en la base de los dedos. Te miro, observándome, tenso. Y te susurro "Ven a comer". Jamás te vi moverte con tanta rapidez. Pero te frenas al llegar. Arrodillado frente a mí, observas mi pie con la comida con expresión famélica. Acercas tu cara a mi pie. La ladeas, para coger con delicadeza el trozo de carne, aprovechando el movimiento para rozar tu mejilla contra los dedos del pie. Durante una décima de segundo cierras los ojos, saboreando el momento. Masticas y tragas. Y miras mi pie manchado. Me suplicas permiso con una mirada y yo hago un gesto de asentimiento. Y empiezas a lamer, limpiando la diminuta gota de jugo que quedó. Olfateas, vuelves a lamer y para acabar, me secas tu saliva con la mejilla. Decido que, a partir de ese día, comeremos juntos.





Enviado por alyanna

Mamada

Mamada
Claro, te imaginas que me voy a poner de rodillas ante ti, bajarte la cremallera y chupártela, como si se tratara de una película porno más. Pues no, chaval, va a ser que no. Lo voy a hacer a mi manera y te aseguro que te va a gustar. Lo único que tienes que hacer es sentarte, desnudo, en el borde de la cama, ahí, sobre ese cojín. Puedes echarte de espaldas, si estás más cómodo. El resto es cosa mía. Tranquilo, yo me ocupo. Tú déjate. No te arrepentirás. Así que cojo otro cojín, lo pongo en el suelo, entre tus piernas abiertas y me dispongo a pasar un muy buen rato, porque, ¿sabes? yo lo voy a disfrutar también. Mucho. Acerco mi boca a tu entrepierna. Entreabro la boca y saco la lengua, húmeda. Empiezo a aletear con ella siguiendo tu ingle, la que está a mi derecha. Muevo la lengua rápidamente, resiguiéndola, buscando ese punto exacto donde hay placer y que posiblemente desconozcas. Tanteo con la lengua, metiéndola en la boca de vez en cuando para humedecerla más. Y lo encuentro. Duro bajo mi lengua, siento cómo tu cuerpo se estremece cuando lo toco. Así que me paro ahí, aumento la presión de los aleteos y endurezco la lengua. Me recreo en esa zona, alternando lametazos con "mordiscos de labio". Hociqueo hasta tus huevos. Paso mi lengua por ellos, un lengüetazo lento y pesado. Y después coloco mi lengua bajo ellos, como sopesándolos. Mmmm, están llenos. Me gusta. Atrapo uno entre mis labios y, así, sostenido, lo lamo. Hago una suave succión, aprieto mis labios alrededor, sin dolor, sólo presión suave. Y lo suelto, para dejar otro perezoso lametón sobre ellos. Me pregunto si me cabrán ambos en la boca, así que la abro, acerco mi cara todo lo que puedo y... mmmm, me gusta tenerlos así. Sentirlos así. Me quedo quieta, disfrutando la sensación, durante unos segundos. Y después empiezo a chupar con delicadeza, con mimo. Aparto ligeramente mi cara. Vuelvo a sacar la lengua y la deslizo por tu polla, desde la base hasta la punta. Me encanta notar la suavidad del glande, la humedad que lo cubre, recorrerlo con la lengua y los labios, besarlo. Vuelvo a pasar mi lengua, otra vez desde la base hasta la punta y otra vez me recreo al llegar. Ahora, en lugar de lamer, lo que hago es girar mi cabeza y atrapar tu polla entre mis labios, voy moviéndome hacia arriba, apretando y soltando mis labios todo a lo largo de tu polla, sintiendo su dureza, calor y olor. Te la masajeo con ellos. ¿Estás preparado? Entreabro los labios y los acerco al glande. Y me dedico a frotarlos contra tu frenillo, ese pellizco de piel tan sensible. Saco la lengua y empiezo a frotar con ella. Sí, tal como me gusta que me lo hagan a mí, aumentando poco a poco la presión con cada aleteo de la lengua, recorriendo esa diminuta zona tan deliciosa y llena de placer. Podría hacer que te corrieras así, ¿sabes? Ahora sí. Abro la boca y me meto la punta de tu polla en ella. La atrapo entre mis labios. Sólo la punta, nada más. Y me dedico a recorrerla con mi lengua, dentro de mi boca. A explorar cada milímetro de ella, a empujarla hacia mi paladar, a ahuecar mis mejillas para chupar, para mamarla, mientras mis labios aprietan y sueltan, aprietan y sueltan al compás de mis mamadas. La saco. Brillante y deliciosa. Meto mi dedo índice en la boca y lo chupo, después lo apoyo en la entrada de tu culo. Vuelvo a abrir la boca y deslizo la mitad de tu polla dentro al mismo tiempo que empiezo a presionar con mi dedo tu ano, de forma lenta pero constante. Dejo quieta tu polla dentro de mi boca hasta el momento en que mi dedo entra en tu culo. Y entonces empiezo a mover, cabeza y dedo al compás. Mi dedo entra y sale cada vez con más facilidad, mi boca aprieta el contorno de tu polla para que sientas el roce de mis labios cuando la deslizo dentro y fuera de mi boca. De cuando en cuando me paro. En esos instantes, mi dedo queda dentro de tu culo, moviéndose allí, en círculos. Y es cuando me dedico a masajear tu polla, empujándola con la lengua sobre mi paladar, chupando sin moverla de dentro, mamando, literalmente. Noto que te tensas. Ya estás a punto. Así que empiezo a acelerar mis movimientos, a aumentar los roces con la lengua y los labios, a apretar mi dedo dentro de ti. Rápidamente, sin pausa, sintiendo que se acerca el momento y...





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