miércoles, 31 de julio de 2019

Dolor

Dolor
¿Te duele?¿Aún no? Entonces aprieto un poco más. No miro mis manos, miro tu cara, tus ojos, la expresión de tu rostro y sobre todo, tus labios. Y en todo ello veo lo mismo: terquedad. Eres capaz de seguir negándolo sólo por orgullo, por no dar tu brazo a torcer, por querer demostrar algún tipo de superioridad sobre mí. Pero ambos sabemos que llevas las de perder. Un juego de voluntades. Aprieto más. Sé que te duele. Te miro, enarcando las cejas. Te obstinas en que no, que quieres más, que no te duele, que no es nada. Sonrío. Ahora aprieto y retuerzo al mismo tiempo. No puedes evitar un gesto de dolor con la boca. Esa debilidad te hace empecinarte aún más, a pesar de que tus ojos están húmedos. No, no voy a dejar que me manejes. Yo soy quien maneja la situación, no tú. Y puedo seguir este juego hasta que te rindas. Lo sabes, lo sé. No es la primera vez. No será la última. No duele. De acuerdo. Me canso ya y decido acabar de una vez. Y te das cuenta, porque en todo este tiempo juntos hemos aprendido a leernos mutuamente. Sabes que voy a echar el resto, a acercarme al límite, a doblegarte. Aprieto con todas mis fuerzas y retuerzo justo hasta ese punto entre dolor y daño. Aúllas. No puedes evitarlo. Veo una mezcla de sentimientos en ti: enfado por no haber aguantado, placer por haberme servido, obstinación en que, algún día, seré yo quien me rinda. Acaricio tu carne magullada, con cariño. Te beso la frente y me retiro, sin más, sin una palabra.





Enviado por alyanna

Atada

Atada
Sentado en una silla, en una esquina de la habitación, relajado, con el flogger en la mano, la miro. Ella está desnuda, expuesta, cegada por un antifaz y con sus brazos y piernas abiertos y extendidos, atados a los barrotes de la cama. Hace un rato que estamos así, yo observándola y ella esperando. Disfruto al ver el movimiento de sus pechos con cada inspiración. La conozco tanto, que puedo leer su cuerpo como quien lee las páginas de un libro conocido y familiar. No es un cuerpo hermoso, ni de modelo. Es un cuerpo valioso. Porque me pertenece. Porque está a mi disposición. Porque es mío. Me levanto tratando de no hacer ruído, pero ella está tan alerta que su cabeza se gira hacia mí, con un movimiento brusco y mecánico. Su respiración se acelera, entreabre los labios. Su respuesta me excita. Camino lentamente hacia la cama. Balanceo el flogger. Deslizo las tiras de cuero por su cuerpo, acariciándolo, desde el pubis hasta los pechos, cuyos pezones ya están endurecidos. Jadea. Sonrío. Podría hacer lo que quisiera con ella, está indefensa ante mí. Siento ese poder, esa energía, esa perversión en cada poro de mi piel. Y es lo que me lleva a golpear con suavidad pero firmeza su cuerpo, siguiendo el mismo camino que la caricia anterior, desde el pubis a los pechos, tintando su piel de un suave rosado cálido. No acalla sus gemidos, sabe que me complace escucharlos. Veo una lágrima caer desde el borde del antifaz hacia la almohada. Me inclino y la recojo con mi lengua. La miro, acaricio su mejilla con la punta de mis dedos. Dejo el flogger sobre su pubis, tapándolo. Y vuelvo a la silla, a disfrutar de ella mientras pienso qué hacer a continuación....




Enviado por alyanna

Castidad

Castidad
Tres días. Tres largos, enormes, eternos días de tortura. Sintiéndola cerca, oliéndola, a veces incluso rozándola, escuchando el tintineo de su risa al ver en qué estado me pone con tanta facilidad. A veces pienso que es cruel y creo odiarla. A veces pienso que es cruel y la adoro por ello. Me mira como se estudia un especimen bajo la lente de un microscopio, atenta a mis gestos, a veces pinchándome buscando una reacción. Me pone a prueba cada minuto que está cerca. Y su recuerdo me aguijonea el resto del tiempo. Y yo debo seguir aguantando. Al principio por orgullo, después por cabezonería, siempre por su expreso deseo. Me duele. Empiezo a tener que luchar contra mi mente además de contra mi cuerpo. Mi mente dice que no pasa nada, que me rinda, que me deje llevar, que es una tontería, que no tiene sentido, que... Pero ella lo ha pedido y ella lo tendrá. Porque así es como debe ser. Porque así es como lo quiere. Y lo que ella quiere, es lo que quiero yo. No, no lo quiero, ¿cómo puede alguien querer esto? Pero aquí estoy, aguantando, el deseo, el dolor físico y mental. Sus juegos. Sus torturas. Sus caricias llevándome al límite y su voz prohibiéndome el desahogo del placer. Una y otra vez. Sus llamadas, las palabras deslizándose hasta mi cerebro, encendiéndome. Y mi mano que se dirige a mi entrepierna, mientras pienso en lo fácil, rápido y glorioso que sería hacerlo. Pero no, quieto, ella no lo quiere, no lo permite. Se ríe, se muestra juguetona, divertida, sabe que sufro, sabe lo que estoy pasando, lo disfruta. Suyo es. Suyo soy. Y lo quiere todo. Mi cuerpo y mi mente. Quiere que me cueste más. Y se lo estoy dando. Siento que me muero de ganas, de dolor, de ansia, pero se lo estoy dando. Suena el teléfono. Gimo. Ella. Volverá a excitarme aún más. No sé si lo podré soportar. Tres días de excitación casi constante, sin dejarme llegar al final. Me preparo para aguantar. Aprieto la tecla de contestar y escucho atento. Puedo oír su sonrisa mientras me susurra "ya".



Enviado por alyanna

Tabú

Tabú
Según la Real Academia Española: tabúDel polinesio tabú 'lo prohibido'. 1. m. Condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar. 2. m. Prohibición de comer o tocar algún objeto, impuesta a sus adeptos por algunas religiones de la Polinesia. Por tanto, es complicado escribir sobre tabúes (o tabús, como prefieras), porque es algo tremendamente subjetivo. Por poner un ejemplo, en algunas culturas, los tatuajes son tabúes. O el incesto, que sin embargo ha sido públicamente practicado por casi todas las Casas Reales durante siglos. Así que me veo en la tesitura de escribir sobre tabúes y claro, escriba lo que escriba, para unas personas será un tabú y para otras simplemente una cochinada o una tontería... A escribir y que sea lo que la imaginación quiera. Uno.- Te observo, pálida bajo la luz de la luna que se filtra entre los visillos de la ventana. No me muevo, apenas respiro. Te deseo tanto, que me duele. Te deseo tanto que sé hasta qué punto puedo entrar, hasta dónde puedo llegar. Y me quedo aquí, clavado, acariciándote con la mirada, aguantando la respiración, entre las sombras, ansiándote de una manera intensa, apasionada, brutal. Noto cómo el deseo crece y crece, se expande dentro de mí como el calor de una bebida caliente en invierno. Empiezan los temblores en mis manos y me noto a punto de jadear. Es el momento de la lucha. Sé que debo irme ya mismo, antes de que el deseo reemplace por completo a la cordura. Pero una parte de mí me insta a quedarme un poco más, me engatusa con la idea de que no pasará nada por unos segundos más... aunque lo que realmente quiere esa parte es que dé un paso más, me acerque y cruce el límite y en lugar de simplemente mirar, haga algo... quizás sólo tocarla, aunque sé que si la toco no será suficiente, querré más y más y más. Me voy, tengo que irme YA. Salgo caminando de espaldas, apurando hasta el final la visión de ese cuerpo dibujado bajo las sábanas. Lo que no sé, lo que nunca sabré, es que, noche tras noche, ella tensa su cuerpo, siente mi mirada, anhela que cruce esa línea que separa el amor fraternal del amor carnal. Dos.- Un año más me toca pasar unas semanas en el pueblo. Antes esperaba esas vacaciones con ansiedad, los días corrían rápidos, jugando, explorando y divirtiéndome hasta la extenuación. Pero he crecido y ahora ya no paso el tiempo correteando con los demás niños o haciendo comida de barro, hierbajos y flores. Ahora mi diversión es pasear, sentarme en un sitio bonito y cómodo, y leer. Nada emocionante, lo sé. Pero así van pasando los días, con más lentitud que antaño, pero sin mayor queja. A mis tíos al principio les preocupaba que me aburriera, pero con el paso de los días se han convencido de que disfruto de la lectura tranquila, así que todos contentos. Eso sí, tengo que cumplir con obligaciones sociales, cosa que antes no ocurría. La principal es la asistencia a misas conmemorativas de aniversarios o bien dedicadas a un santo u otro. Al parecer, basta con que un miembro residente de cada casa haga acto de presencia en la iglesia, eso, por así decirlo, cubre el cupo del resto. Por lo tanto, y como mis tíos tienen algunos achaques (que son básicamente pocas ganas de salir de casa para ir a misa), me toca a mí ser la representante. No soy una persona muy religiosa, la verdad, pero he de confesar que me gusta la atmósfera de paz y tranquilidad que hay en las iglesias, sobre todo en las antiguas como la del pueblo. Es muy pequeña, de piedra, bien cuidada y muy limpia. El tiempo que dura la misa, lo suelo dedicar a la meditación y salgo del acto litúrgico muy relajada. El cura de la parroquia es un hombre ya entrado en años, lo que se suele llamar un bendito. Generoso, con sentido del humor, muy piadoso y sacrificado. Nada que ver con el típico meapilas o santurrón o tirano exigente desde el púlpito. No, de eso nada. Otra buena razón para sentirme a gusto en la iglesia. El sacristán es otro cantar. También tiene sus añitos, no tantos como el párroco, pero los sesenta no los vuelve ya a cumplir, al menos eso creo, porque siempre ha tenido el mismo aspecto, desde que yo era una chiquilla hasta ahora, no ha cambiado nada de nada. El no hace nada sin sacar provecho. Bien sea una invitación en la taberna o un par de billetes. Cualquier cosa extra que tenga que hacer, ya se ocupará de sacarle rendimiento, de una forma o de otra. Solamente el cura siente simpatía por él en el pueblo. Y así pasa el tiempo de mis vacaciones. Hasta hoy. Mi tía me ha pedido/ordenado retirar las flores de los nichos de la familia, ya agostadas por el sol veraniego. Por el qué dirán, claro, no por otra cosa. Sonrío al pensar en eso. Voy paseando hasta el cementerio, al caer la tarde, ya empezando a oscurecer. Está tras la iglesia, recogido, limpio y ordenado como ella. Llevo una bolsa de plástico en la mano para meter en ella las flores y las esponjas donde estaban clavadas. Una vez acabada la tarea, me pongo a pasear entre las tumbas y los nichos, leyendo nombres, fechas, dedicatorias. Curioso, nunca pensé que disfrutaría estando en un cementerio yo sola, casi de noche. Pero es así, es un lugar lleno de paz, que me hace sentir bien. La oscuridad se acerca a pasos agigantados, así que decido volver ya y acortar el camino saltando la pequeña tapia de la iglesia. Al acercarme, veo, con sorpresa, que la puerta está abierta. Es raro, ya que suele abrirse sólo para los actos religiosos y que yo sepa ese día a esa hora, no había ninguno. Así que me acerco, pensando que las mujeres de la asociación cristiana estarán arreglando algo dentro. Y me quedo clavada en la puerta. A escasos metros, sobre el altar, está la mujer considerada más piadosa del pueblo. Está medio desnuda, despatarrada, medio colgando, mientras el sacristán hociquea entre sus piernas. Lo más sorprendente para mí (sí, aún más que eso) es que ella, mientras disfruta lo que le están haciendo, está pasando cuentas de un rosario y rezando sin parar. Me quedo parada, ahí, sin reaccionar debido a la sorpresa. Mi inmovilidad desaparece cuando el sacristán saca la cara de entre los muslos de la mujer y me mira directamente, con una sonrisa libidinosa en la cara. Mi cuerpo reacciona con un salto y escapando corriendo hacia la casa de mis tíos. Los días que me restan por permanecer con ellos, los paso inventando excusas para no volver a asistir a la iglesia. Creo que el verano que viene me quedaré mejor en casa, sola.



Enviado por alyanna

A Mediodía



Te veo en el rincón, esperando, echando vistazos de cuando en cuando, esperando un gesto mío, una mirada, una palabra que te permita acercarte. Pero me hago la loca, sigo a lo mío, aun sintiendo el peso de tu ansia. Me siento a la mesa. Me descalzo, moviendo los pies y los dedos para desentumecerlos. Bueno, para eso y para ponerte aún más nervioso. Sobre la mesa está preparada mi comida, tal como a mí me gusta, cada cosa en su sitio, perfecto. Sonrío satisfecha, porque sé lo despistado que eres y lo mucho que te cuesta recordar los pequeños detalles a los que yo doy tanta importancia. Ladeo ligeramente mi cara hacia tu rincón, para que puedas ver parte de mi sonrisa. No hace falta que yo te vea, te conozco tanto y tan bien, que sería capaz, si tuviera la habilidad necesaria, de dibujar la expresión que tienes ahora mismo en la cara. Casi babeas de contento. Pincho una porción de comida y la llevo a la boca, pero, justo antes, detengo mi mano. Me giro sobre la silla, sacando mis piernas de debajo de la mesa. Dejo caer el bocado aún intacto sobre mi pie derecho, justo en la base de los dedos. Te miro, observándome, tenso. Y te susurro "Ven a comer". Jamás te vi moverte con tanta rapidez. Pero te frenas al llegar. Arrodillado frente a mí, observas mi pie con la comida con expresión famélica. Acercas tu cara a mi pie. La ladeas, para coger con delicadeza el trozo de carne, aprovechando el movimiento para rozar tu mejilla contra los dedos del pie. Durante una décima de segundo cierras los ojos, saboreando el momento. Masticas y tragas. Y miras mi pie manchado. Me suplicas permiso con una mirada y yo hago un gesto de asentimiento. Y empiezas a lamer, limpiando la diminuta gota de jugo que quedó. Olfateas, vuelves a lamer y para acabar, me secas tu saliva con la mejilla. Decido que, a partir de ese día, comeremos juntos.





Enviado por alyanna

Mamada

Mamada
Claro, te imaginas que me voy a poner de rodillas ante ti, bajarte la cremallera y chupártela, como si se tratara de una película porno más. Pues no, chaval, va a ser que no. Lo voy a hacer a mi manera y te aseguro que te va a gustar. Lo único que tienes que hacer es sentarte, desnudo, en el borde de la cama, ahí, sobre ese cojín. Puedes echarte de espaldas, si estás más cómodo. El resto es cosa mía. Tranquilo, yo me ocupo. Tú déjate. No te arrepentirás. Así que cojo otro cojín, lo pongo en el suelo, entre tus piernas abiertas y me dispongo a pasar un muy buen rato, porque, ¿sabes? yo lo voy a disfrutar también. Mucho. Acerco mi boca a tu entrepierna. Entreabro la boca y saco la lengua, húmeda. Empiezo a aletear con ella siguiendo tu ingle, la que está a mi derecha. Muevo la lengua rápidamente, resiguiéndola, buscando ese punto exacto donde hay placer y que posiblemente desconozcas. Tanteo con la lengua, metiéndola en la boca de vez en cuando para humedecerla más. Y lo encuentro. Duro bajo mi lengua, siento cómo tu cuerpo se estremece cuando lo toco. Así que me paro ahí, aumento la presión de los aleteos y endurezco la lengua. Me recreo en esa zona, alternando lametazos con "mordiscos de labio". Hociqueo hasta tus huevos. Paso mi lengua por ellos, un lengüetazo lento y pesado. Y después coloco mi lengua bajo ellos, como sopesándolos. Mmmm, están llenos. Me gusta. Atrapo uno entre mis labios y, así, sostenido, lo lamo. Hago una suave succión, aprieto mis labios alrededor, sin dolor, sólo presión suave. Y lo suelto, para dejar otro perezoso lametón sobre ellos. Me pregunto si me cabrán ambos en la boca, así que la abro, acerco mi cara todo lo que puedo y... mmmm, me gusta tenerlos así. Sentirlos así. Me quedo quieta, disfrutando la sensación, durante unos segundos. Y después empiezo a chupar con delicadeza, con mimo. Aparto ligeramente mi cara. Vuelvo a sacar la lengua y la deslizo por tu polla, desde la base hasta la punta. Me encanta notar la suavidad del glande, la humedad que lo cubre, recorrerlo con la lengua y los labios, besarlo. Vuelvo a pasar mi lengua, otra vez desde la base hasta la punta y otra vez me recreo al llegar. Ahora, en lugar de lamer, lo que hago es girar mi cabeza y atrapar tu polla entre mis labios, voy moviéndome hacia arriba, apretando y soltando mis labios todo a lo largo de tu polla, sintiendo su dureza, calor y olor. Te la masajeo con ellos. ¿Estás preparado? Entreabro los labios y los acerco al glande. Y me dedico a frotarlos contra tu frenillo, ese pellizco de piel tan sensible. Saco la lengua y empiezo a frotar con ella. Sí, tal como me gusta que me lo hagan a mí, aumentando poco a poco la presión con cada aleteo de la lengua, recorriendo esa diminuta zona tan deliciosa y llena de placer. Podría hacer que te corrieras así, ¿sabes? Ahora sí. Abro la boca y me meto la punta de tu polla en ella. La atrapo entre mis labios. Sólo la punta, nada más. Y me dedico a recorrerla con mi lengua, dentro de mi boca. A explorar cada milímetro de ella, a empujarla hacia mi paladar, a ahuecar mis mejillas para chupar, para mamarla, mientras mis labios aprietan y sueltan, aprietan y sueltan al compás de mis mamadas. La saco. Brillante y deliciosa. Meto mi dedo índice en la boca y lo chupo, después lo apoyo en la entrada de tu culo. Vuelvo a abrir la boca y deslizo la mitad de tu polla dentro al mismo tiempo que empiezo a presionar con mi dedo tu ano, de forma lenta pero constante. Dejo quieta tu polla dentro de mi boca hasta el momento en que mi dedo entra en tu culo. Y entonces empiezo a mover, cabeza y dedo al compás. Mi dedo entra y sale cada vez con más facilidad, mi boca aprieta el contorno de tu polla para que sientas el roce de mis labios cuando la deslizo dentro y fuera de mi boca. De cuando en cuando me paro. En esos instantes, mi dedo queda dentro de tu culo, moviéndose allí, en círculos. Y es cuando me dedico a masajear tu polla, empujándola con la lengua sobre mi paladar, chupando sin moverla de dentro, mamando, literalmente. Noto que te tensas. Ya estás a punto. Así que empiezo a acelerar mis movimientos, a aumentar los roces con la lengua y los labios, a apretar mi dedo dentro de ti. Rápidamente, sin pausa, sintiendo que se acerca el momento y...





Enviado por alyanna

La puta



Arrodillado, desnudo frente a ella. La cabeza gacha. Mil pensamientos bullen en mi mente. Pero sobre todos ellos, el complacer a mi Dueña. Como sea, como quiera, cuando quiera y con quien quiera. Siempre dispuesto, siempre su puta deseando obedecer. Y por eso estoy aquí, así, frente a alguien o más bien algo a quien debo satisfacer por expreso deseo de la que verdaderamente me tiene. Es una herramienta, una cosa que utilizo para darle placer a la única que me importa, a la única que cuenta, a la que me he dado y a quien obedezco ciegamente. Esta, esto que tengo frente a mí cree que me importa, cree que siento deseo por ella. Es fácil, ni siquiera tiene el interés de doblegar una voluntad, de encender un deseo. Aburrida. Predecible. Cansina. Tengo un abanico de excusas a las que recurrir para calmarla cuando me reprocha, entre patéticos gimoteos, mi falta de atención para con ella. Sólo la voluntad de mi Ama frena mis ganas de escupirle la verdad, de decirle que no soy quien acude a ella, que no la deseo, que es la voluntad de mi Dueña quien decide cuándo tengo que prestarle atención. Sin eso, ni me molesto en saludarla. Me provoca hastío, asco. Pero soy una buena puta y por complacer a quien me debo, engaño a este ser que tengo delante y que cree todas y cada una de mis palabras. Mi polla se endurece y babea. Ella la ve con ojos brillantes, creyendo que es obra suya. No. Es mi mente que ya vuela hacia quien verdaderamente me gobierna, imaginando el próximo encuentro, el próximo uso. Cuando me corro, cuando digo que me vacía, que me excita como nadie, no es a esta a quien tengo en mente, es a Ella, a la Única. Soy la puta. Su puta. Me excita que me use aunque sea así, aunque me cueste la voluntad. Sé que le complace. Y su satisfacción es el único pago que deseo. Arrodillado, desnudo frente a ella. La cabeza gacha. Dispuesto a utilizar a quien cree que me está usando. Ofreciéndome y ofreciéndola a mi Ama. Siempre dispuesto. Su puta




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