Llegamos a la luna poco antes de las cuatro y media de la tarde, hora continental. Fue un alunizaje casi perfecto, sólo hubo un pequeño problema con una de las válvulas motrices TC-22 del sistema de inducción, pero lograron advertirlo con tiempo suficiente para reactivarla fuera de línea desde el tercer panel lateral. Lástima.
Así que allí estábamos al final, en la luna. Habíamos consagrado los dos últimos años de nuestras vidas a aquel único objetivo, pero todo lo que podíamos hacer ahora era permanecer en el más absoluto de los silencios, sin saber qué coño decir, sin saber siquiera adónde mirar.
Noté que las venas de las manos se me hinchaban ligeramente dentro de los guantes y empezó a picarme un poco detrás de la oreja izquierda.
Estábamos en la luna. Y nadie decía nada. Y el silencio empezaba a resultar casi ridículo.